Amantes y despedidas en Lisboa.

Una amante francesa, se despide en la puerta de una estación de Lisboa de su amante portugués, y al abrazarle, deja ver su anillo de casada. El, que aún no quiere despedirse de ella, la limpia las lágrimas ‘estaré bien’ dice en francés. A lo que él le contesta algo en portugués que no comprendo -además, solo tengo vistas hacia el rostro de la mujer, que ahora ríe entre lágrimas-. Ella hace ademán de irse, y el cruza dándole la mano el paso de cebra. 

Bajo un momento la mirada, y cuando la vuelvo a subir, él está a mitad del paso de cebra, frágil, quieto. Y ella, ella ya ha entrado en la estación. Se ha marchado.

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Lisboa, no pienso volver a hacer esto.

Nunca me he sentido tan ajena en una ciudad. Al despertarme, me he desnudado para meterme en la ducha, y al mirarme los pies, he sentido el temblor del tranvía debajo de ellos.Una hora después, una mujer sentada en un portal, se ha acercado a mí pidiéndome un cigarrillo en portugués. Era una anciana, aquí nadie sabe hablar castellano. Me ha estado retumbando este idioma tan ajeno -igualito a la ciudad-, este idioma ajetreado pessoniano, todo el día.

Bajando calles en busca de café, he caído en la cuenta de que luego, tendría que subirlas. Ya sentada en una cafetería, delante de mí se ha sentado un hombre con un pañuelo en la cabeza, gafas de Sol similares a las tuyas, tu misma verruga. 

Parece que he vuelto al pasado, al principio en el que no te conocía, porque él llevaba aquel pelo largo y rizado, del que tú ya careces, pero los auriculares junto con los suspiros que contenía entre sorbos de café, todo aquello, me ha recordado que debería hablarte. Contestarte.

Coño, esta tarde, cuando me moría de hambre, no conseguía abrir la puta tetera para calentar agua y hacerme unos asquerosos noodles. La tetera era como la tuya. Mismo modelo. Mismas aperturas. Pero no podía abrirla, dónde estaban tus manos para ayudarme.

Malditos espejismos.

En este asco de sábado en el que hace no sé qué de frío 

y no sé cuánto de sol, 

y de tiempo,

 moriremos todos los que echamos de menos.

Llevo semanas durmiendo entre cristales y aún me despierto

intentando salvar todos los espejos que te reflejan, 

todas aquellas ventanas.

(Desde que te has ido odio uno a uno cada espejo)

En qué momento tu risa dejó de ser suficiente,

En qué momento fue mirarte y no ver nada,

Nadar en monotonía.

(Desde que te has ido, rompo uno a uno todos los espejos)

En qué momento me desentendí de avisártelo 

que me estabas perdiendo

y yo no iba a echarte

Pero mucho menos a suplicarte.

No salía el sol.

(Desde que te has ido, odio uno a uno los espejos)

Siempre serás un feliz error

o un triste “y si”

a cuestas

(Desde que te has ido, odio uno a uno los espejos: me encuentro en ellos, sola)

Hay un pequeño pájaro en esta jaula aún cerrada

y quiere volar a buscarte

pero espera que seas tú 

quien la abra -y me abraces-

A las seis de la mañana.

(Desde que te has ido, odio uno a uno los espejos, por no encontrarte en ellos)

problemas matemáticos.

¿Cuál es la verdad de estos besos de alambre, de estas grietas interminables que no cicatrizan ni si quiera tarde?

¿Es acaso este sol de domingo el que me impide no pensarte con asco e incomprensión?

Yo también he sido dos. He vivido en dos vidas, siendo parte persona y otra personaje. El problema reside en que no sé cuánto de ti es persona cuando está conmigo, ni cuánto personaje cuando están otras. Y viceversa.

¿Es esta margarita en el meñique la única superviviente al final del verano, del camino? ¿Soy yo tan pared resquebrajada llena de colores esparcidos aleatoriamente sobre mis deseos? 

No soy suficiente. No llego.

Tú no terminas de llegar y son todo cuerpos flotando en mares salados.

Ahora recuerdo aquel sueño en el que fui diosa saliendo de la playa desnuda, mientras tú me mirabas desde la orilla y no veías. Sólo me mirabas. Contemplabas.

Quiero creer que la fortaleza es un cúmulo de sensaciones malas -aprendizajes- y dulzura convertida en un par de días en cristal.

No soy frágil. No me rompo.

Pero miento un montón, sobre todo cuando siento que, en todo este tiempo, no te importo. 

Ojalá algún día -que para nada sea lo más parecido a un “nunca”- el riesgo quiera coger tus riendas y me disfrutes como si fuese única. La única. Quitando el “como” y verbalizando el “te quiero, sin posesiones, sin aprisionamientos” pero siendo yo suficiente. Y no un igual que el resto, decorado con flores.

No merezco el castigo, así no es divertido si me siento sucia. ¿Es acaso muestra de algoritmos la mañana en la que me pides verte porque no he pasado la noche contigo?

 Yo nunca he sabido de matemáticas, y todos los problemas de tú + yo equivale a cualquiernumeroquenosea2 los he acumulado en la basura. 

Pero el último lo he dejado encima de la mesa de mi escritorio, no te he tirado. No en tantos días. 

Pero, aunque sé que está bien formulado, me he asegurado el suspenso, y quiero verte a mi lado de nuevo.

Al rato.

No siempre volver a casa es refugio

Ni el calor de Madrid pared blanca,

Me atrae la idea de atardecer 

Atendiendo a los horarios de despedidas.

Despeinada despierto después de un recuerdo,

Y al rato

Aunque no te quiero 

No me cabe un siglo sin tu riesgo,

Y te ruego. 

Cómplices 

Los cómplices nos devoramos en restaurantes escondidos 

los viernes,

Nos desnudamos con elegancia por ganas inmensas 

noches enteras,

Y caminamos descalzos sobre cristales rotos porque nos sentimos 

flotar.

Los cómplices,

nos columpiamos felices en los excesos,

Nos empapamos de placer entre burbujas,

Y nos desprendemos de la ropa con candado.

Él me cuida, 

y yo le deseo.
Mi cómplice y yo,

deshacemos el tiempo, 

nos follamos el tiempo, 

nos corremos en el tiempo, 

Lo besamos con lengua,

le cerramos la puerta, 

lo estampamos contra el lavabo 

Y dejamos que se mire en el espejo, 

destrozado

mientras él, 

Mi amante saciado,

me deja

preciosa.

Yo le cuido y él 

me desea.

Déjame serlo.

Déjame descansar en la trinchera que es tu pecho

Y no me pidas que me quede en recuerdo.

Déjame ser la esquina que doblas en un poema que algún día dedicaste a otra

Y que hoy, 

No te atreves a escribirme.

Déjame.

Déjame ser lo que sería si no fuese obra de teatro y musa de mí misma

Agarrame las muñecas de cristal

Que se rompen si las mimas.

Déjame siendo.

Déjame siendo libre,

Un amanecer que gane el pulso a un incendio.

E incinérame 

Con las cenizas y la cera de las velas de las cenas que te debo,

Y anoto en el recuerdo que ya soy o siento,

Acorralada bajo los brazos abiertos de un pirata

Al que, a ratos, 

Encendida ante el espejo

Reflejado en el le veo entrando

 Y no le

Echo de menos.