No quiero colegios vacíos.

Desde ayer, todo me sabe a jabón. Me estoy limpiando por dentro la nostalgia que me mantuvo despierta desde hace más de dos lunas llenas. 

Esta mañana no había vida en la estación de tren que frecuento desde hace casi un mes, cada mañana. Todo estaba más muerto y para mí, el día parecía acabar antes de haber empezado. Veía la noria cerca de la estación. Las navidades que se apresuraban sin una pizca de sigilo. 

Mientras caminaba, el sol que comenzaba a salir tras las montañas, se reflejaba en las vías. Iba a echar de menos el camino de árboles desnudos que recorría rumbo al colegio donde me esperaban mis niños. 

Ya en la puerta, esperando a que llegasen, quince minutos antes, como siempre, otras profesoras me saludaban. Yo las correspondía aún con ojeras de la noche en los ojos cansados. 

Mi mirada estaba agotada al igual que mis piernas. Mi mirada estaba estraviada, ausente, al igual que tu pérdida. 

Tras varias horas y timbres sonando que anunciaban el inicio del recreo, me desplomé, dejándome caer sobre la silla, corrigiendo unos exámenes de los cuales me sabía de memoria las respuestas. Por un momento disfruté del silencio. Sentí el frío entrando por un huequito de la ventana, la risa de los niños que jugaban en el patio; las niñas saltando y los niños dándole patadas a un balón azul cielo despejado. 

Retorné la mirada a los papeles que aún me quedaban por corregir y bebí un sorbo de café. Estaba frío. Volví a distraerme cuando lo sentí bajando por la garganta. Una montaña de dibujos estaba situada ordenadamente en la mesa contigua. Los cogí, de dos en dos, entre mis manos: las tarjetas, las princesas, los dinosaurios, las faltas de ortografía, los “te quiero” y los “te amo”. Estos dos últimos seguidos de “eres la mejor profe del mundo” y mi nombre, sin tilde, insertado. Me quedé acariciando los dibujos. Aquellos trazos curvilíneos, llenos de colores, poca elegancia, demasiada alegría, cariño acumulado. Asimilé ese cariño como la única “verdad”. La “verdad” que es, porque viene de la inocencia, de lo liviano del niño. La pureza.

Sin querer, esbocé una sonrisa que tardé en reconocer cuando me preguntaron. Guardé, con cariño, como queriendo conservar esa mencionada pureza, aquellos dibujos en mi carpeta.  

Amo a los objetos en la medida en la que ellos no me aman’

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pequeñas también quieren (pisos vacíos)

Quédate a vivir donde todos lloran, es mi cataclismo y tu cuestión dramática, no es nada de este mundo. Ni de otro. 

Siento expulsar suspiros que no acompasan tu respiración. Se sienten vacíos. Yo, en cambio, estoy llena de dudas y ausencias. 

¿Sal cristalizada es el corazón cuando dejas que pase la humedad y el cambio de temperaturas en algo soluble? -pregunto inconsciente, recostada en el suelo, en la penumbra de una habitación vacía de muebles.

Creo que llamé tu atención como una chica salvaje y suave, con ojos pensativos debajo del pesado flequillo. Yo era dos pies endurecidos en el piso y un corazón que de tan vacío parecía morir de sed.  Ahora, un yo, aun pequeña, somambula, sola, ‘frente a aquello a lo cual mi fatal libertad finalmente me había llevado.’ Creí que mi sonrisa al despedirnos, era todo lo que había sobrado de un rostro, y cristalizó el aula de la clase de filosofía que impartía en aquellos tiempos. Este retrato real no me desmiente. Tampoco quiso jamás mentirte.

Era mi forma torpe de quererte.

Ahora, sólo me queda un piso vacío. Completamente.

hibernar frente al espejo.

Tardío diciembre ansiado

Nos mantenemos de pie en líneas rotas

esperando encontrar la llave de oro

para abrir el cielo.

 

Y mientras tanto…

He tirado al suelo las bragas

que emanan lubricante,

He sumado con tus manos

moratones.

He abierto los ojos

encontrándote en un paisaje de plástico

en el que nunca madrugaremos.

He contenido la respiración de mis otras dos mujeres

de mi mente sin plegarias

ni paraísos

de mi sudor frío,

para hacerme tu intrínseca.

Tu absoluta.

Tu esencial.

 

Te he contagiado mi enfermedad

y tu ventana ha dejado de ser una tumba

para dejar ver a los niños jugar en círculos

de-ambulantes por pequeñas islas

Casuales,

odiando sus zapatos,

amándose desnudos y descalzos

imitándonos entre risas,

examinando nuestras manos azul eléctrico

una maraña de estrellas creando constelaciones

entrelazadas en las suaves piernas.

 

La maquinaria del pánico no se somete a nuevas reincidencias

aquí la subsistencia sólo pide agua boqueando

aquí el placer no acaba saciado

aquí los cuerpos fértiles se llevan de la mano

cerrando de un portazo las nubes de la cerrazón

quedándose ellos a media luz.

 

Y ella se inclina como la luna llena despejada

sobre el borde de la cama

y él se ladea ardiente como el sol

acercándose a su espalda.

Ella, su animal acatando una única orden.

Él, su cazador delirando el letargo.

Atrapan el invierno

con la combinación de sus dos ríos

frente al espejo criminal de los recuerdos.

 

Amantes y despedidas en Lisboa.

Una amante francesa, se despide en la puerta de una estación de Lisboa de su amante portugués, y al abrazarle, deja ver su anillo de casada. El, que aún no quiere despedirse de ella, la limpia las lágrimas ‘estaré bien’ dice en francés. A lo que él le contesta algo en portugués que no comprendo -además, solo tengo vistas hacia el rostro de la mujer, que ahora ríe entre lágrimas-. Ella hace ademán de irse, y el cruza dándole la mano el paso de cebra. 

Bajo un momento la mirada, y cuando la vuelvo a subir, él está a mitad del paso de cebra, frágil, quieto. Y ella, ella ya ha entrado en la estación. Se ha marchado.

Lisboa, no pienso volver a hacer esto.

Nunca me he sentido tan ajena en una ciudad. Al despertarme, me he desnudado para meterme en la ducha, y al mirarme los pies, he sentido el temblor del tranvía debajo de ellos.Una hora después, una mujer sentada en un portal, se ha acercado a mí pidiéndome un cigarrillo en portugués. Era una anciana, aquí nadie sabe hablar castellano. Me ha estado retumbando este idioma tan ajeno -igualito a la ciudad-, este idioma ajetreado pessoniano, todo el día.

Bajando calles en busca de café, he caído en la cuenta de que luego, tendría que subirlas. Ya sentada en una cafetería, delante de mí se ha sentado un hombre con un pañuelo en la cabeza, gafas de Sol similares a las tuyas, tu misma verruga. 

Parece que he vuelto al pasado, al principio en el que no te conocía, porque él llevaba aquel pelo largo y rizado, del que tú ya careces, pero los auriculares junto con los suspiros que contenía entre sorbos de café, todo aquello, me ha recordado que debería hablarte. Contestarte.

Coño, esta tarde, cuando me moría de hambre, no conseguía abrir la puta tetera para calentar agua y hacerme unos asquerosos noodles. La tetera era como la tuya. Mismo modelo. Mismas aperturas. Pero no podía abrirla, dónde estaban tus manos para ayudarme.

Malditos espejismos.

En este asco de sábado en el que hace no sé qué de frío 

y no sé cuánto de sol, 

y de tiempo,

 moriremos todos los que echamos de menos.

Llevo semanas durmiendo entre cristales y aún me despierto

intentando salvar todos los espejos que te reflejan, 

todas aquellas ventanas.

(Desde que te has ido odio uno a uno cada espejo)

En qué momento tu risa dejó de ser suficiente,

En qué momento fue mirarte y no ver nada,

Nadar en monotonía.

(Desde que te has ido, rompo uno a uno todos los espejos)

En qué momento me desentendí de avisártelo 

que me estabas perdiendo

y yo no iba a echarte

Pero mucho menos a suplicarte.

No salía el sol.

(Desde que te has ido, odio uno a uno los espejos)

Siempre serás un feliz error

o un triste “y si”

a cuestas

(Desde que te has ido, odio uno a uno los espejos: me encuentro en ellos, sola)

Hay un pequeño pájaro en esta jaula aún cerrada

y quiere volar a buscarte

pero espera que seas tú 

quien la abra -y me abraces-

A las seis de la mañana.

(Desde que te has ido, odio uno a uno los espejos, por no encontrarte en ellos)

problemas matemáticos.

¿Cuál es la verdad de estos besos de alambre, de estas grietas interminables que no cicatrizan ni si quiera tarde?

¿Es acaso este sol de domingo el que me impide no pensarte con asco e incomprensión?

Yo también he sido dos. He vivido en dos vidas, siendo parte persona y otra personaje. El problema reside en que no sé cuánto de ti es persona cuando está conmigo, ni cuánto personaje cuando están otras. Y viceversa.

¿Es esta margarita en el meñique la única superviviente al final del verano, del camino? ¿Soy yo tan pared resquebrajada llena de colores esparcidos aleatoriamente sobre mis deseos? 

No soy suficiente. No llego.

Tú no terminas de llegar y son todo cuerpos flotando en mares salados.

Ahora recuerdo aquel sueño en el que fui diosa saliendo de la playa desnuda, mientras tú me mirabas desde la orilla y no veías. Sólo me mirabas. Contemplabas.

Quiero creer que la fortaleza es un cúmulo de sensaciones malas -aprendizajes- y dulzura convertida en un par de días en cristal.

No soy frágil. No me rompo.

Pero miento un montón, sobre todo cuando siento que, en todo este tiempo, no te importo. 

Ojalá algún día -que para nada sea lo más parecido a un “nunca”- el riesgo quiera coger tus riendas y me disfrutes como si fuese única. La única. Quitando el “como” y verbalizando el “te quiero, sin posesiones, sin aprisionamientos” pero siendo yo suficiente. Y no un igual que el resto, decorado con flores.

No merezco el castigo, así no es divertido si me siento sucia. ¿Es acaso muestra de algoritmos la mañana en la que me pides verte porque no he pasado la noche contigo?

 Yo nunca he sabido de matemáticas, y todos los problemas de tú + yo equivale a cualquiernumeroquenosea2 los he acumulado en la basura. 

Pero el último lo he dejado encima de la mesa de mi escritorio, no te he tirado. No en tantos días. 

Pero, aunque sé que está bien formulado, me he asegurado el suspenso, y quiero verte a mi lado de nuevo.