Etc, etc.

Cierras la puerta por fuera, luego tratas de entrar

RAYMOND CARVER

 

Barra de bar. Luz tenue. Música con voz desgarradora de un músico desconocido. Entra alguien con quien quedan muchas cosas que decir. Y, sin mirarle, medio ebria, suelto mi frase estrella de la noche:

– No sé a qué vienes… Cuando pague esta copa, tendré 30 céntimos exactos en la cartera. Sólo puedo ofrecerte la conversación que nos merecemos.

Luego, toma asiento a mi lado. Llama con un gesto a la camarera. Hay un lugar para el intenso silencio entre los pocos centímetros que nos separan. Con el ruido de las copas, mi acción estrella de la noche:

-Una cerveza. -rompe el silencio.

Levanto la vista. Mira al frente. Aún ni siquiera se ha dignado a mirarme. Ahora, balbucea. Otra vez, silencio. Miramos, cada uno, nuestra copa. Ausentes. Levanto la vista de nuevo. Él también. Se escuchan voces cálidamente dialogando. Inundan el ambiente. Me dejan un platito: un ticket y 30 céntimos. Los dejo de propina. Devuelvo el platito. Lo recogen. Suspiro. Vuelvo a mirarle. Una vez más, él mira al frente. Estatuario. Con los ojos fijos, desmoviliza uno de sus brazos. Da un sorbo de su cerveza. Parece que va a decir algo. Me levanto. Cojo el bolso y voy en dirección a la puerta.

Me quedo aquí / hasta que todo muera

– ¿Hasta cuándo te quedas?

– Llego ya tarde.

Sed de Naufragios (2018) Sofía Morante

(impro)

Me quedo aquí

hasta que las primeras farolas se consuman

hasta que el silencio no se vuelva tu palabra

hasta que no termine de caer sobre tu portal la lluvia.

Me quedo aquí.

Me quedo aquí

hasta que nunca más perpetúes la caricia

hasta que tus pupilas se dejen de dilatar al verme

hasta que me cierres con llave

  • para no abrir -para siempre

Me quedo aquí.

Me quedo aquí

hasta que la luna vuelva a pasar por todas sus fases

y con un parpadeo te pierdas la estrella fugaz

  • para no volver – para nunca

Me quedo aquí.

Me quedo aquí

hasta que desaparezcan las primeras constelaciones que señalaste

y no vengas conduciendo bajo el alba

hasta que los penúltimos libros se cierren

y las ciudades dejen de reconocernos:

hasta que se vuelvan a escribir cartas.

Me quedo aquí.

Me quedo

hasta que me digan que el niño al que atropellaron

mientras yo trabajaba

no sobrevivió al golpe.

aquí.

Me quedo

hasta que se cierren los hospitales

y los centros sociales

y los orfanatos

y los sanatorios

y los aeropuertos

y los hoteles

y el Retiro

y tus brazos.

aquí.

Hasta que se exterminen los holocaustos

aquí.

Hasta que marchites la pequeña flor del jarrón

aquí.

hasta que esperarme comience a ser un equívoco

aquí.

y nuestros labios débiles vuelvan a sangrar

aquí

hasta que entiendas solo cómo se aviva el fuego

y cada estación no sea un reencuentro

y yo domine el besar en público.

Me quedo aquí.

Me quedo aquí

hasta que tú digas adiós

y yo me marche en silencio

hasta que no queden recuerdos

ni horas ni minutos ni segundos ni días ni lustros ni años ni siglos ni milenios

[ni tiempo.

Me quedo aquí

hasta que todo en nosotros muera,

cariño.

Yo me quedo aquí.

Más lejos que nunca tú mira

[lo que me has hecho.

|2020|

– ¿Hasta cuándo te quedas?

-Llego ya tarde. Solo sé que me quedo.

Es-cálame.

I

Has visitado muros mucho más infranqueables
Sólidos hasta la médula.

– Pura intenté escalarte

Has llegado siempre tarde a la estación
y los trenes
como rehenes
esperando
te han preguntado cómo y no por qué.

– Pura intenté escalarte

Has salido siempre a la hora de la verdad
con una reverencia,
calada hasta el pulgar
y bajo el humo.

– Pura

Has escapado de las cicatrices,
manejando a tu antojo los hilos,
y acatando las reglas,
la ciudad.

– Intenté

Y no has chillado en un arrebato
Inmensa sordomuda
sumisa patológica

– Escalarte…

II

Has atravesado las máscaras y las transparencias

– Escalarte…

Te dejaste azotar por tu Dios

– Pura

Aclamaste más comida

– Intenté

Gemiste “más”, “más”
consumiéndote
Consumiéndonos

– Intenté

Yo te escuchaba desde la otra punta
en la habitación

apostando a la humareda
con la espalda arqueada
repleta de indiferencia,
peregrina.

III

Despreciaste el tiempo,

– Pura

lo pisoteaste,

– Pura

Y solo luego, rendida a sus pies,
le preguntaste,

– Intenté

desnuda y servil,

– Pura

en qué cima estaba la llave.

– escalarte…

Y le ordenaste “dilo”
así de exacta
mientras te lamías la sangre
entre los dedos

te olisquearon
te sentenciaron: sirve
Y te abrieron, etc., etc., etc.,

– pura

Puta.

Pero yo también quería

– Pura.

Quería quererte, aquí,
infame, no probarte.
aquí siempre
Quererte. Quererte. Quererte.
¡ tenías mi cerradura enfrente por fin!
¡Y la llave! ¡la llave!
Yo había tirado todos los cuchillos
por la ventana
me había deshecho del olor del miedo
y del abrigo
te esperaba a ti, así de líquida y tardía.
Y pensaba, pensaba
que cuando llegaras,
no volveríamos a…
no sé,
que dirías,

– escálame

no sé.

Pero pasaste de largo, limpia
¡te fuiste con la llave! ¡te fuiste!
sin escrúpulos
empapada,
y muerta de la risa.
Te fuiste, chica,
Impoluta, te fuiste, chica.

Te confieso.

I.

Cada navidad asientan la cuna en mi habitación
como si ella, meciéndose
estuviese esperando mi respuesta.
Un por qué.
un rechazo.

Como si ella, meciéndose
estuviese esperando que yo hiciese algo:
Una respuesta.
Un lamento.

Y yo sólo ofrezco toques a la puerta
toques de queda,
llamadas al timbre
ninguna al teléfono.
Ni ningún mensaje.
Ni ningún “necesito”,
porque no “necesito”.
pero sí: te necesito.

La cuna es para una niña que no llega
una niña que jamás llegó.

Y durante las navidades
mi familia la sigue depositando
al lado de mi cama,
y yo, puta cría indiferente,
encima de ella deposito el abrigo
los almohadones al deshacerla,

el bolso
y el pañuelo.

Para mí, la cuna,
en su viaje incomprensible
desde el desván
sin rechistar
hacia mi habitación,
se vacía muda en los recuerdos
mientras no me refuerza
desilusionada.

II.

Pasan los días,
las fiestas,
y yo
la miro,
escucho el murmullo del salón
repleto de voces desinteresadas
de risas infantiles y débiles.

Y desacompasada
olvidándola
cierro de un portazo la vida.
Y llevo conmigo la carga de llegar a casa
con las ojeras de no haberla dormido.
Pero nadie escucha mis plegarias.

III.

Entonces,
confieso
a la misma hora,
y en distintas noches
que reaprendo el mismo presente:

“De haber muerto alguna vez,
Juraría haberme reencarnado más de cinco.”

Y lamento la cuna
Y lamento el lado de mi cama
Y lamento los llantos inexistentes

(demasiados).

me atosigan
me atraen levantándose
cogen mis zapatillas
como si fuesen suyas.

Giran sobre los bordes de mi cama
como si fuese suya.

Y me acercan
para intentar acallarlos
como si no fuesen los nuestros.

Y la mecen.
Y la acallan.
A ella.
Y a ti.

Y yo,
observándoles,
observándola,
reservándote,
en silencio,
me pregunto por qué coño aún
no han quitado la maldita cuna.
Si estamos a 3 de enero.
Si las flores no existen y
las desgracias caducaron hace tiempo.

IV.

Quiero una muñeca nueva.
Una que no me haga sentir culpable.
Una que esté viva.

Quiero una muñeca
Que esté.
Y que no sea muñeca.
Y que viva.

Porque:

yo imaginé
nanas exclusivas
que inventé
y reformulé.
Y se las canturreé.
Y se las sigo haciéndolo.
Y lo haré.
Las tararearé
Sin cesar
En voz alta
con la maternidad de alarma
y como informe.

Quiero a esa niña.
A la otra.

V.

Entre la penumbra
a las dos y media de la mañana
subyace una necesidad del “alguien”
que abrace,
y renazca la luz
de aquellas baladas,
que las bañe
y la evapore
como si algún día respirásemos juntos
a la ínfima,
como si algún día dejásemos de ansiarla
la verdad
con lo frágil que es.

VI.

De momento:
las cosas encienden las luces de las ventanas vecinas
que me vieron crecer y
en silencio entienden
que a mí ellas no me sirven.

VII.

El móvil sigue dando vueltas
amarrado para siempre
fiel a la cuna en la que creció
junto a las estrellas de tela que lo acompañan,
Pero cuando cierro las persianas
es mi momento:
y sólo existes tú.

Mi línea amarilla.
Mi canturreo.
Mi prohibido cruzarte
Mi entre las vías.

Solo a ti te confieso:

Quiero a esa niña.
Y quiero el asalto.

Tú sabes que,
teniendo todo que perder,
contigo me arriesgaría.

en mi momento:
solo tú existes.

Te escribo.

Te escribo y me incomodo;
el acantilado de tu mirada se ha quedado fijo en mi memoria.
Las luces de la capital no son fiables.

Espero lo que tengas que decir: pero no dices nada.

Desquicio el silencio
y tú,
desprotegido
Conduces cada noche
aflojando la ventanilla
sin nada nuevo que ofrecer.

Te escribo y me incomodo;

no es la ausencia ni la liviandad

mitad de tus palabras y mis versos

ni las brisas

ni las lluvias

ni las pupilas.

El bar comienza a abarrotarse

Y yo te ruego frente a la madera

“Ven”

Pero aprendo:

Las coincidencias no cuentan hasta cinco

tus estrellas

no forman mis constelaciones.

Las palabras enmudecen

endurecidas por el suelo

y no forman envíos.

Te escribo

Y no me incomodo:

Por las ausencias

por las pupilas

por las lluvias

ni por las permanencias.

No puedes ordenarme

te escribo

cuando

con mis manos libres

sigo empeñada en mi alta capacidad

[para detenerte el mundo.

Retornar a lo primitivo desde esta capital incendiaria.

Últimamente, con el ajetreo constante de la capital, de sus transportes públicos abarrotados, de sus incendiarias calles repletas de gente, de su superficialidad en los escaparates, siento una necesidad tremenda de volver a lo primitivo. Y en ese deseo, en esa necesidad, a veces, con un simple olor, con una simple flor, con una simple mirada, vuelvo a 2015 y recuerdo momentos de aquellos meses en los que viví entre lo salvaje: Nos recuerdo a Sierra* y a mí, con el pelo larguísimo, marrón, natural, en las montañas de Carolina del Norte haciendo una hoguera para envolver las hamburguesas en papel albal e introducirlas entre los troncos y cocinarlas. Nos recuerdo duchándonos en cascadas y exclamando, en inglés, “look at that, go up!” escalando las rocas para tirarnos al abismo desde lo alto. Recuerdo el ascenso hasta la cima, el punto exacto, la línea, en la que ponía “ahora mismo estás en dos sitios a la vez: frontera de Tennessee con Carolina del Norte”. Nos recuerdo saltando agarradas a lianas, respirando aire puro: puro, de verdad. Nos recuerdo en una furgoneta, con las manos por la ventanilla, cantando canciones de la radio, sin maquillaje, sin prejuicios, sin ropas de muda, sin nada más que el dejarnos llevar mientras el sol del atardecer trataba de seguirnos con capricho y envidia.
También me da por recordar la ruta 1 desde San Francisco hasta Santa Mónica, y los acantilados, las playas en las que dormimos bajo las estrellas en un agosto interminable de 2016. Y, acto seguido, salto a 2017 y a sus curas voluntarias en el Hospital de koalas de Australia, las fotos analógicas, las instantáneas, los rescates de incendios, las tortugas del arrecife de coral, las playas que mirábamos desde la carretera diciendo “tenemos que llegar hasta allí”, sin saber cómo, y una vez allí no nos dábamos cuenta de la presencia de carteles enormes en los que se decía: Precaución. Cocodrilos. Precaución. Tiburones. Precaución. Conchas venenosas.
Solo corríamos arena abajo. Sólo dibujábamos, saltábamos, gritábamos y nos mojábamos los pies. Recuerdo, concretamente, esa playa: parecía una isla de náufragas. Y nosotras, habíamos felizmente naufragado.
Entonces, me viene otro olor, un olor africano, y me bajo de la furgoneta, y nos recuerdo bajando de la nuestra en 2018 cuando se estropeó y anduvimos hasta un poblado, mientras los leones nos seguían por la carretera. Hubo un momento, tan solo un instante, en el que la carencia de agua nos preocupó, aunque jamás nos lo dijimos hasta que no estuvimos a salvo. Recuerdo las noches bailando danzas bajo la luz de una hoguera, apuntarme en mi libreta los diferentes dialectos de las tribus – y no saber ni escribirlos ni pronunciarlos-, recuerdo a los niños corriendo y a las niñas haciéndonos trenzas. Y nos recuerdo a todos corriendo después.
He olvidado las despedidas en Atlanta, las despedidas en Nueva York, las despedidas en Los Ángeles y en Sídney. No recuerdo lo construido, la limitación, la arrogancia. Todo lo animal, lo libertario, de estos últimos años, lleva tantos días pasando por mi mente, despertándose a causa de cada detalle, hasta por una brisa, que aunque cierro los ojos – intentando que dure más el recuerdo, que no se acabe, no lo logro. Y, aunque no lo logro, el instante efímero se vuelve eterno en mi memoria. Me dura un día entero. Sueño con ello, incluso.

Así que, lo dicho: siento una necesidad tremenda de volver a lo primitivo, a lo animal, a la libertad y la compañía de la supervivencia, a los detalles de la observación de la naturaleza, al paso del tiempo – que es diferente si se observa el ir y venir de las olas del mar, el bosque del norte y sus hojas, o la velocidad de la carretera -. Necesito, exijo, esos silencios y sus olores, también sus colores. Los exijo como martillo que detenga el tiempo. Necesito, exijo, volver a la vida frente al todo, a la casa sin paredes.

*Sierra, de Atlanta (Georgia), siguiendo el sueño americano, acabó su carrera y ahora se ha casado. No asistí a la boda, no visualicé las fotos hasta 2 meses después. No volví a verla. Y me pregunto, te pregunto, mi querida compañera: ¿dónde quedaron las promesas, las nuestras, animal?

Una carta en el cajón de la ropa interior.

La tendencia a rebuscar entre cosas ajenas no es, si menos, una afición: es la curiosidad inaudita de todo ser humano, de encontrar, reencontrar, pedir sin palabras, explicaciones. La tendencia a rebuscar entre cosas ajenas no es, si menos, una afición: es la curiosidad inaudita de toda mujer, de encontrar, reencontrar, pedir sin palabras, secretos. A veces puede llegar a ser obsesivo. Si llega a este grado, incluso, podemos decir que deberíamos alarmarnos. Yo, por ejemplo, hacía ya tiempo que, como mujer, no rebuscaba entre cosas ajenas. Pero una carrera a contrarreloj con mis propias piernas, me incitó a rebuscar, pidiendo sin permiso, unas medias nuevas, entre los sostenes y los tangas de mi madre. Y debería haberme alarmado. Pero no fue así.

Fue, en ese momento. En aquel cajón: el tercer cajón blanco de todo el inmueble. Fue allí, bajo los corsés que una ya no se pone, no por los kilillos de más, eh, es que, en fin, no me representan, el descubrimiento fatídico de un sobre pre-abierto. Y, en su interior, una carta. La Carta. Y, en el papel de la carta, amarillento ya, una felicitación en inglés.
¿Quién guardaría una felicitación de cumpleaños en el cajón de la ropa interior? ¿Mi madre? ¿Mi madre casada de nuevo? ¿Mi madre, felizmente casada de nuevo, con un marido, también nuevo, con un hijo, también, a estrenar? ¿Acaso sería una carta erótica? Quizá la felicitación de cumpleaños de su nuevo marido con alguna propuesta escandalosa y excitante de fin de semana de hotel que, obviamente, se quedase en eso, en una mera propuesta, porque el trabajo es demasiado, viajamos por trabajo demasiado, y llegamos agotados a casa, demasiado, ¡y es que los niños, demasiado! ¿Con quién dejaríamos a los niños? Y es que… Las reuniones semanales de la escuela. Por cierto, ¿puedes ir tú a la de la semana que viene? Quizá la carta de un amante. ¿Mi madre tendría un amante? ¿Mi madre lo tiene? La carta es vieja, ¿lo seguirá teniendo? Su marido, el nuevo, jamás, miraría en el cajón de su ropa interior. El nuevo, ni siquiera, se plancha sus propias camisas. Ni siquiera abre su propio armario. Deja, cómo no, que sea mi madre, la que le deposite, cuidadosamente, a las seis de la mañana -tras ducharse-, su ropa en la cama. Deja que ella la perfume tras lavarla y plancharla, y la conjunte para él. Porque, así, intuyo, sus dedos dejan la caricia en cada una de las prendas; las perfuman de nuevo y, cuando, el nuevo se viste, la olisquea como un perro con un encantamiento, durante todo el día con la imposibilidad de olvidarla.

Pero…¿y si mi madre tuviese un amante? ¿Y si su amante sí planchase sus camisas? ¿Y si también planchase las de mi madre y tuviese ese embrujo con ella, a la inversa? ¿Y si, esa ropa de encaje, tuviese incrustados los dedos de ese, de ese amante, y ella no pudiese olvidarlo nunca? ¿y si su amante le hubiese propuesto, por su cumpleaños, una habitación de hotel? ¿Y si, esa habitación de hotel hubiese vuelto a despertar el deseo, la alegría, de la juventud de una mujer de casi cincuenta años con dedos delicados y maternales? Me agradaría mucho que mi madre tuviese un amante: un ese. Que “no está bien rebuscar entre cosas ajenas” y lo sé, pero levanto el encaje y, con la suavidad heredada en los dedos, cojo La Carta. La observo. Semiabierta. Me dirijo, como si tuviese un secreto inconfesable, custodiado entre mis brazos desnudos y el pecho cubierto por un albornoz blanco entreabierto, hacia el baño. Cierro la puerta con cerrojo porque toda esta historia es un candado, un enigma: y yo tengo la llave, la clave.

A medida que levanto la solapa del sobre, me pregunto de nuevo si quizá sea de una amiga, no obstante, ¿quién, en su sano juicio, guardaría la carta de una amiga entre la ropa interior? Quizá, bueno, sí, si mi madre fuese lesbiana. Y, en ese caso, no sería una amiga, o sí, pero podría ser La Amante. En femenino o en masculino, al fin y al cabo, es irrelevante. Se vuelve a la idea del o la amante. Pero, esa carta, solo podría ser de Amante. Una vez la carta entre mis manos y el sobre encima del bidé, con el ceño fruncido comprendo tras el primer vistazo: que es una carta cutre, una carta de esas de -qué sé yo- ¿de un supermercado a un euro? Seguramente sea de un hombre, deduzco. Una mujer, creo, habría escogido, aunque solo fuera por generalización una carta que, o bien, fuese más discreta -así somos las amantes-, o bien, estuviese llena de purpurina o tonos morados, o ilustrada con el dibujo de una niña, de una mujer, o de algo simplista moderno como las que venden ahora a precio de influencer -así también son las amantes-. La carta podría ser de cualquier modo y de cualquier cosa, pero cualquier cosa que implicase un gasto, qué sé yo, de más de un euro. Quizá de entre cuatro, cinco, o incluso ¡hasta seis! También, podría ocurrir, aunque esta idea me entristecería terriblemente: que fuese de una mujer que no viese con los mismos ojos -ojos de amante- a mi madre. Si este fuese el caso, quizá la que se sumiría en una profunda tristeza, sería ella. Y yo. Sobre todo ella, pero también yo. No puedo esperar más. Quiero abrir del todo sus dos solapas, quiero llegar al final del cuento leyendo la primera y última página. Quiero ver si el texto es breve y conciso o, por el contrario, largo y enrevesado. Y quién firma la carta. Quiero ver quién firma la carta. No debería hacerlo. Debería depositarla, con destreza, de nuevo en su sobre, dirigirme, de nuevo, hacia la habitación, abrir su cajón de la ropa interior y devolverlo a su sitio. Ahí, bien custodiado para que duerma con el calor y el resguardo que le ha proporcionado todo este tiempo esa seda y esas perlas bordadas. Pero, si lo hiciese, si volviese a meterlo en su cajón, depositándolo bajo corsés de encaje, cubriéndolo con ellos como solía hacer mi madre al arroparme antes de dormir, sería, en este caso, yo quien no pudiera dormir esta noche. Necesito abrirlo. Desplegarlo.

(Silencio. Leo.)

La carta no es relativamente larga, pero tampoco breve. La letra, casi indescifrable, la descifro. Porque la conozco. No acaricio la carta porque estoy inmóvil. La carta cae al suelo. ¿Qué hace mi madre con una felicitación de mi abuelo, una felicitación de su padre, metida en el cajón de la ropa interior?

La tendencia a rebuscar entre las cosas ajenas no es, si menos, un ahogamiento.

Todo lo que te digo.

*divagaciones de jueves ficticios*

Todo lo que te digo es solitario. Y un auxilio. Imagino el recoveco del que sobresale una expresión, la verdad en la que se iluminan los pasados ante los ojos. Quiero decirte, preguntarte: ¿es cierto que el cómo equivale al por qué? Porque todo esto me desequilibra mientras se me escapa de las manos. No dura o no duras -porque dudas- un instante: no es mi tiempo contigo el que evade los recuerdos, son las vanas ideas las que responden realidades.

Tengo siete, siete años -y antemanos- que decirte. Y no seré racional. Pero si estás, si vas a estar, te puedo ir a buscar a cualquier farola. Podríamos bautizarla casa. También, podrías desaparecer. No dejar rastro. No dejarme. Ni rastro. Poque hay un futuro que se vive en presente en el que me imagino diciéndote tanto, siendo todo tan difícil, que el presente se vuelve pasado y nada existe. Ni siquiera tú. Y si tú no existes, si tú desapareces, yo puedo camuflarme por Gran Vía hasta ser, únicamente, una sombra ficticia de tu memoria. Un sinsentido.

**********

_¿Has oído el sonido de la puerta? Yo tampoco he vuelto, pero me retumba un portazo.

_¿Has oído el sonido de la puerta? Yo he oído hablar de la existencia de un tiempo circular y de los ayeres. ¿Quieres que te lo cuente? Pues grítame. Porque todo lo que no te digo es -lo que te digo con asteriscos- para que me comprendas.

_¿Grito?

Para tu pena o después.

Yo soy la primera que defenderá el rezo

Cuando Soy tu religión

Si tú me besas con tus lágrimas.

Escuché el sonido del funeral

El de campanas.

Las noches de insomnio antes de la ejecución

Los tristes rostros del alba en el movimiento

Me doblaron las rodillas.

Pedí salvación al apocalipsis bíblico del perfil de virgen Santa

Y mis cabellos provocaron rubios destellos como el sol.

Entre vidrieras lectoras de biblias

Pude ser la perdición.

El paraíso.

La germinación de la tierra me causó la caída y el estímulo

múltiples factores respiraron tus alas.

No fuiste paz, abriste las aguas.

Y no me quedó otra.

Qué atropello a la razón.

Quise arrancar pedazos de noche

depositarlos en tu parabrisas

Y beberme tu sed.

Apocalipsis de palabras

retrocedían el paraíso.

Sin cariño,

los recuerdos de infancia

ralentizaron mi insomnio.

La inadecuada pulsión me mantuvo endeble.

La radio escupió en la cercanía del adiós instintos animales.

La pausamos.