Una carta en el cajón de la ropa interior.

La tendencia a rebuscar entre cosas ajenas no es, si menos, una afición: es la curiosidad inaudita de todo ser humano, de encontrar, reencontrar, pedir sin palabras, explicaciones. La tendencia a rebuscar entre cosas ajenas no es, si menos, una afición: es la curiosidad inaudita de toda mujer, de encontrar, reencontrar, pedir sin palabras, secretos. A veces puede llegar a ser obsesivo. Si llega a este grado, incluso, podemos decir que deberíamos alarmarnos. Yo, por ejemplo, hacía ya tiempo que, como mujer, no rebuscaba entre cosas ajenas. Pero una carrera a contrarreloj con mis propias piernas, me incitó a rebuscar, pidiendo sin permiso, unas medias nuevas, entre los sostenes y los tangas de mi madre. Y debería haberme alarmado. Pero no fue así.

Fue, en ese momento. En aquel cajón: el tercer cajón blanco de todo el inmueble. Fue allí, bajo los corsés que una ya no se pone, no por los kilillos de más, eh, es que, en fin, no me representan, el descubrimiento fatídico de un sobre pre-abierto. Y, en su interior, una carta. La Carta. Y, en el papel de la carta, amarillento ya, una felicitación en inglés.
¿Quién guardaría una felicitación de cumpleaños en el cajón de la ropa interior? ¿Mi madre? ¿Mi madre casada de nuevo? ¿Mi madre, felizmente casada de nuevo, con un marido, también nuevo, con un hijo, también, a estrenar? ¿Acaso sería una carta erótica? Quizá la felicitación de cumpleaños de su nuevo marido con alguna propuesta escandalosa y excitante de fin de semana de hotel que, obviamente, se quedase en eso, en una mera propuesta, porque el trabajo es demasiado, viajamos por trabajo demasiado, y llegamos agotados a casa, demasiado, ¡y es que los niños, demasiado! ¿Con quién dejaríamos a los niños? Y es que… Las reuniones semanales de la escuela. Por cierto, ¿puedes ir tú a la de la semana que viene? Quizá la carta de un amante. ¿Mi madre tendría un amante? ¿Mi madre lo tiene? La carta es vieja, ¿lo seguirá teniendo? Su marido, el nuevo, jamás, miraría en el cajón de su ropa interior. El nuevo, ni siquiera, se plancha sus propias camisas. Ni siquiera abre su propio armario. Deja, cómo no, que sea mi madre, la que le deposite, cuidadosamente, a las seis de la mañana -tras ducharse-, su ropa en la cama. Deja que ella la perfume tras lavarla y plancharla, y la conjunte para él. Porque, así, intuyo, sus dedos dejan la caricia en cada una de las prendas; las perfuman de nuevo y, cuando, el nuevo se viste, la olisquea como un perro con un encantamiento, durante todo el día con la imposibilidad de olvidarla.

Pero…¿y si mi madre tuviese un amante? ¿Y si su amante sí planchase sus camisas? ¿Y si también planchase las de mi madre y tuviese ese embrujo con ella, a la inversa? ¿Y si, esa ropa de encaje, tuviese incrustados los dedos de ese, de ese amante, y ella no pudiese olvidarlo nunca? ¿y si su amante le hubiese propuesto, por su cumpleaños, una habitación de hotel? ¿Y si, esa habitación de hotel hubiese vuelto a despertar el deseo, la alegría, de la juventud de una mujer de casi cincuenta años con dedos delicados y maternales? Me agradaría mucho que mi madre tuviese un amante: un ese. Que “no está bien rebuscar entre cosas ajenas” y lo sé, pero levanto el encaje y, con la suavidad heredada en los dedos, cojo La Carta. La observo. Semiabierta. Me dirijo, como si tuviese un secreto inconfesable, custodiado entre mis brazos desnudos y el pecho cubierto por un albornoz blanco entreabierto, hacia el baño. Cierro la puerta con cerrojo porque toda esta historia es un candado, un enigma: y yo tengo la llave, la clave.

A medida que levanto la solapa del sobre, me pregunto de nuevo si quizá sea de una amiga, no obstante, ¿quién, en su sano juicio, guardaría la carta de una amiga entre la ropa interior? Quizá, bueno, sí, si mi madre fuese lesbiana. Y, en ese caso, no sería una amiga, o sí, pero podría ser La Amante. En femenino o en masculino, al fin y al cabo, es irrelevante. Se vuelve a la idea del o la amante. Pero, esa carta, solo podría ser de Amante. Una vez la carta entre mis manos y el sobre encima del bidé, con el ceño fruncido comprendo tras el primer vistazo: que es una carta cutre, una carta de esas de -qué sé yo- ¿de un supermercado a un euro? Seguramente sea de un hombre, deduzco. Una mujer, creo, habría escogido, aunque solo fuera por generalización una carta que, o bien, fuese más discreta -así somos las amantes-, o bien, estuviese llena de purpurina o tonos morados, o ilustrada con el dibujo de una niña, de una mujer, o de algo simplista moderno como las que venden ahora a precio de influencer -así también son las amantes-. La carta podría ser de cualquier modo y de cualquier cosa, pero cualquier cosa que implicase un gasto, qué sé yo, de más de un euro. Quizá de entre cuatro, cinco, o incluso ¡hasta seis! También, podría ocurrir, aunque esta idea me entristecería terriblemente: que fuese de una mujer que no viese con los mismos ojos -ojos de amante- a mi madre. Si este fuese el caso, quizá la que se sumiría en una profunda tristeza, sería ella. Y yo. Sobre todo ella, pero también yo. No puedo esperar más. Quiero abrir del todo sus dos solapas, quiero llegar al final del cuento leyendo la primera y última página. Quiero ver si el texto es breve y conciso o, por el contrario, largo y enrevesado. Y quién firma la carta. Quiero ver quién firma la carta. No debería hacerlo. Debería depositarla, con destreza, de nuevo en su sobre, dirigirme, de nuevo, hacia la habitación, abrir su cajón de la ropa interior y devolverlo a su sitio. Ahí, bien custodiado para que duerma con el calor y el resguardo que le ha proporcionado todo este tiempo esa seda y esas perlas bordadas. Pero, si lo hiciese, si volviese a meterlo en su cajón, depositándolo bajo corsés de encaje, cubriéndolo con ellos como solía hacer mi madre al arroparme antes de dormir, sería, en este caso, yo quien no pudiera dormir esta noche. Necesito abrirlo. Desplegarlo.

(Silencio. Leo.)

La carta no es relativamente larga, pero tampoco breve. La letra, casi indescifrable, la descifro. Porque la conozco. No acaricio la carta porque estoy inmóvil. La carta cae al suelo. ¿Qué hace mi madre con una felicitación de mi abuelo, una felicitación de su padre, metida en el cajón de la ropa interior?

La tendencia a rebuscar entre las cosas ajenas no es, si menos, un ahogamiento.

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Todo lo que te digo.

*divagaciones de jueves ficticios*

Todo lo que te digo es solitario. Y un auxilio. Imagino el recoveco del que sobresale una expresión, la verdad en la que se iluminan los pasados ante los ojos. Quiero decirte, preguntarte: ¿es cierto que el cómo equivale al por qué? Porque todo esto me desequilibra mientras se me escapa de las manos. No dura o no duras -porque dudas- un instante: no es mi tiempo contigo el que evade los recuerdos, son las vanas ideas las que responden realidades.

Tengo siete, siete años -y antemanos- que decirte. Y no seré racional. Pero si estás, si vas a estar, te puedo ir a buscar a cualquier farola. Podríamos bautizarla casa. También, podrías desaparecer. No dejar rastro. No dejarme. Ni rastro. Poque hay un futuro que se vive en presente en el que me imagino diciéndote tanto, siendo todo tan difícil, que el presente se vuelve pasado y nada existe. Ni siquiera tú. Y si tú no existes, si tú desapareces, yo puedo camuflarme por Gran Vía hasta ser, únicamente, una sombra ficticia de tu memoria. Un sinsentido.

**********

_¿Has oído el sonido de la puerta? Yo tampoco he vuelto, pero me retumba un portazo.

_¿Has oído el sonido de la puerta? Yo he oído hablar de la existencia de un tiempo circular y de los ayeres. ¿Quieres que te lo cuente? Pues grítame. Porque todo lo que no te digo es -lo que te digo con asteriscos- para que me comprendas.

_¿Grito?

Para tu pena o después.

Yo soy la primera que defenderá el rezo

Cuando Soy tu religión

Si tú me besas con tus lágrimas.

Escuché el sonido del funeral

El de campanas.

Las noches de insomnio antes de la ejecución

Los tristes rostros del alba en el movimiento

Me doblaron las rodillas.

Pedí salvación al apocalipsis bíblico del perfil de virgen Santa

Y mis cabellos provocaron rubios destellos como el sol.

Entre vidrieras lectoras de biblias

Pude ser la perdición.

El paraíso.

La germinación de la tierra me causó la caída y el estímulo

múltiples factores respiraron tus alas.

No fuiste paz, abriste las aguas.

Y no me quedó otra.

Qué atropello a la razón.

Quise arrancar pedazos de noche

depositarlos en tu parabrisas

Y beberme tu sed.

Apocalipsis de palabras

retrocedían el paraíso.

Sin cariño,

los recuerdos de infancia

ralentizaron mi insomnio.

La inadecuada pulsión me mantuvo endeble.

La radio escupió en la cercanía del adiós instintos animales.

La pausamos.

La sabiduría increada.

Dime algo que no sepa
Como de qué color son las plantas de mi inocencia
El umbral de mi sensibilidad
Quién tapa las huellas.

Rápido olvido los detalles de las guerras
pero no el sol humeante de las farolas,
el contrato social.

Estoy desprovista de cualquier ausencia que cure el tiempo
Y tú desprotegido.

Apenas consciente de mi realidad,
Me encuentro

                                               justo
en el centro

de la habitación

a la izquierda.

hormigón inconsistente.

hormigón (RAE)
De hormigo ‘gachas de harina’.
1. m. Material que resulta de la mezcla de agua, arena, grava y cemento o cal, y que, al fraguar, adquiere más resistencia.
2. m. Ur. calzada (‖ parte de la calle entre dos aceras).

Soy del silencio
del cielo quebrado de Lorca
de los pájaros agonizantes bajo el asfalto
Y los pies sólidos ante las aceras.

Un paso de cebra.
La sangre en un semáforo.

Soy mi propio trampantojo
Material desechable y plástico
moldeable como las nubes del alba

que se alzan desnutriendo las farolas
avivando las polvorientas calles
de una ciudad que aún duerme.

No soy tuya.

No soy tuya.

No soy tuya.

Despedida: Escocia y aquellas canciones.

Algunas noches,

en muy contadas ocasiones
Te recuerdo.
8 años de mi vida pasan fugazmente por mi mente
Y ahí estás tú
Creciendo conmigo.
Sólo en esas noches
Me permito escuchar aquellas canciones
Que nos llevaron a coger un tren a otra ciudad
Una de tantas que visitamos cuando aún
Ardía el amor entre nosotros.
Sentí aquel ardor indescriptible
que quizá no volvería a sentir nunca.

En nuestro último encuentro,

Lo había sentido por alguien.

No eras tú.

Cariño, he necesitado años para comprender que el nunca es demasiado parecido al ojalá.

Compartimos más de 5 casas
Que convertimos en hogares
En aquellos viajes fugaces
En los que nos encontrábamos
Para conversar sobre nuestras vidas
Y reconectar.
Estábamos los dos perdidos
Y no quisimos encontrarnos.

Nos despedíamos con adioses eternos
Hasta que dejó de haber amor en quellas casas
Que con el tiempo
Se volvieron hoteles;
Impersonales.

Pero aún, cariño,
Todavía
El nítido recuerdo permanece
de fugaces detalles de cada luz que encontrábamos en tu cama
de cada amanecer saliendo al mercado
de cada destello de atardecer
De aquellos en los que me fotografiabas viajando en barco.

Aún recuerdo los techos altos
Y todas las iglesias.
Nuestros rostros apoyados en ventanas
En busca de la nieve.
Aún me resulta cálido el recostarme en tu hombro

fue una constante en aquellos viajes.

Patinar por el hielo en las calles de Escocia a las 4 de la mañana
Subir a cuestas al mirador más alto de Barcelona con una botella de vino

para observar la ciudad encendida
Y tararearnos sentimientos.
Correr por las playas de la Costa Azul
Y empaparnos como amantes furtivos
Por la primera ciudad en la que nos conocimos.

Algún día encontrarás un amor sólido
que no supiste ver en mí
Algún alma que no tenga los ojos vendados.
Alguna llamada de Skype que descienda de las 6 horas
con las flores de la primavera
Alguien a quien busques incesante
Y que sin preguntarle su dirección:
Encuentres.

A pesar de todos aquellos puntos geográficos del mapa que frecuentamos
Sé con certeza
que mis ojos fueron
pero no seguirán siendo
tu lugar favorito
Bajo la lluvia.

La última vez que nos vimos

En la ciudad que ahora habitas bautizando con tu primer para-siempre
Mi silenciosa despedida te besó
Y te dejó durmiendo en la cama
Para irse al aeropuerto.

Cuando quisimos encontrarnos
la “salida inmediata” por los altavoces
se nos adelantó.

No ha pasado más de medio año

Y a noche de hoy, estoy escuchándote en aquellas canciones.