se (me) va de la mano.

No me hables de la muerte y el amor como si fuesen de la mano,

no intentes que me crea el hundimiento del te quiero

Como si fuese una barrera que escalar para dejar de sentir menos.

No pretendas que el romanticismo sea un movimiento que no reivindique libertad

No puede ser que el sexo, y La Luz que entra tras tu ventana cada mañana sea un día menos que esperar para ver ante tus ojos la próxima bala.

No entiendas lo que sientes cuando me acaricias con los pies 

O lo que crees sentir cuando te pones a pensar en lo que queda.

Y me sacas una foto nueva 

En la que siempre sonrío distraída.

Yo jamás estaria desnuda de propuestas.

Yo siempre permitiría que tus manos desnudasen las mías,

que me desabrochases los botones de cada vestido con dulzura,

y me abrieses el paraíso fiscal de lo que ya no es una duda.

No me importa que me dejes si la paz acaba en tu puerta de rodillas.

No pretendo explicármelo o explicártelo, pretendo creérmelo.

Ponme una copa en la mano de Jack y un tocadiscos y déjame escucharte.

Nombra las señales de mi lista de groserías y déjame comprarlas.

Dame un reportaje sobre las condiciones de mi alma, dame un completo estado sobre mis acciones.

Obsérvame con el misterio con el que se observa a una mujer fatal con música de jazz de fondo.

Y desde la tumba escríbeme, “Sofía.

Escríbeme.

Escríbeme.

Escribe.”

He buscado en la banda sonora de “Sabrina” ritmos no complicados, pero el amor nunca los ha tenido.

Y menos en 1954. 

Sigo creyendo firmemente que el romanticismo no ha muerto, 

pero a día de hoy, 

para lanzar la pregunta de

 “¿Hasta cuánto te quedas?” 

hay que pintarse los labios antes y ser precavida si la muerte llega o tú dejas de hacerlo y 

Tengo que marcharme.

La calle Siete Esquinas.

Siempre entendí las ‘atrocidades de los atardeceres ‘ de las que habló Sylvia Plath. Pero nunca había pensado en las de los amaneceres.

Los pasos me tambalean pero siguen dejando todo atrás.

Hay un sueño de café 

con leche de soja sola 

mientras observo las hojas

 cayendo de los árboles en pleno julio.

En este otoño veraniego me siento frágil con pantalones cortos,

Recuerdo a una niña que dejó de llorar cuando le tendí la mano,

A mí madre comprando arándanos en un mercado orgánico

Los poemas de Los Ángeles 

Y los demonios olvidados.

Un graffiti de dos enamorados.

Aquel verano, 

que no fue aquí fue allí 

pero en el que eché de menos hasta los orgasmos.

Un sentimiento de dientes y ramas de olivo con familia recorriendo el mundo

Y la risa de David y de Lucía,

La mano amiga de mi prima

Y Luna más creciente que el viernes.

Mi tía más radiante que el sol.

El tiempo marcado por la mañana en mis peores garras 

Las pecas que rememoran el atardecer en Santa Mónica 

El olor a María y la arena entre las costillas.

Aquel viejo verano cargado de espaldas y lunares, 

Entre aeropuertos y serias despedidas 

Aquel lugar que contenía

Aquella vida.

Una nueva realidad de rondas de cafeína en una plaza repleta de personas

que conocí algún día.

Una ventana cerrada y persianas bajadas 

Menos llena de melancolía, 

cojo una nueva vía 

Que bien podría ser un día 

Y dejo que pasen las horas mirándote en cada esquina.

Este domingo suave y menos entero se retira.

Junio anochece, como anochecen los días más cálidos que muestran el comienzo de verano. Un rayo de luz de luna ilumina mi salón tras la ventana aún abierta. No corre nada de aire, ni si quiera una brisa, y yo estoy sumergida en un mar de pensamientos, que bien podría ser un océano, mientras una película de 1958 sobre detectives resuena provocando turbulencias en lo que intento aclarar.

La noche se ha quedado frágil, y yo he reconocido no ser capaz de jugar con el tiempo, aunque siempre haya intentado revolver y retroceder a pasados descompuestos, inconclusos, algo etéreos en el tiempo. Insignificantes en este preciso instante, pero que fueron importantes en algún momento. Solía recitar un poema en el que afirmaba que la noche no estaba orgullosa de mi retirada, pero que inconscientemente, siempre tendría un crepúsculo suave a su tacto. Hoy lo he recordado. La noche sigue sin estar orgullosa, y yo, junto con tus manos que ya no tocan lo que desearían tocar otras, suave y menos entera, me retiro.

El porqué de mi nuevo libro: Sed de naufragios. 

Mi otro yo me acorraló entre líneas, logrando páginas y páginas de prosa de sequía, de versos recopilados de noches de agonía. Todo poesía y prosa incomprendida. Las cuatro personas que me ataron las manos y sellaron mis labios a lo largo de los últimos dos años, desprendieron la dulzura de los recuerdos tanto buenos como malos. Me sorprendí a mí misma cuando entonces entre Madrid y otras ciudades o lugares tanto C, como D, B, y J, estaban siempre presentes en mi memoria.

Empecé a escribir los pasados, presentes y futuros de los múltiples nombres de los que me habían dotado, quemándome cada noche, haciéndome sonreír algunas mañanas. Sin embargo, al subirme al barco, sabía que al navegar, corría el riesgo de naufragio. Al pensar en ello, me entraba una sed incalculable, insaciable, de no volver a verlos. Pero siempre, siempre, en mi inconformidad de un lado perfecto, volvía a su encuentro.

Esta es la historia de la incertidumbre de los buenos besos, de los nunca dados, de todos los trenes y todas las terminales que crucé y recorrí para refugiarme en ellos. De todas las formas en las que mi otro yo, desalentado, retomaba los lugares felices -las personas- para convertirlos en escombros de ayeres. Esta es, mi final comprensión al entender, que mi otro yo, siempre siempre, necesitaría la sed de naufragios. 

Y que ésta, jamás se calmaría, aunque lo solicitase entre los meses de febrero y mayo.

En el sueño de la viceversa.

La viceversa acariciaba las azoteas madrileñas de marfil 

algunas mañanas de domingo,

y el café se enfriaba apoyado en cualquier ventana.

Un amante entraba por la puerta

y sonreía a su otra fiel amante.

Tras el encuentro de aquella noche,

Recordaron la complicidad de la conversación,

Las piernas acariciadas bajo la barra del bar,

La alegría de encontrarse en viejas camas,

Y dedicarse a un viaje interminable hacia sus entrelazados cuerpos,

en un hermético abrazo, 

fundieron su sudor, 

se quedaron en silencio,

y aún sin dormir,

soñaron.

Poso de arte apodado “adiós”

Abandono el espacio al arte que era tu escenario

Mi museo donde yo sólo era una sala escondida, 

a veces frecuentada por publicidad o causalidad

Otras, desechada por obras con menor carga sentimental y más gusto teatral.

Las marcas me azotan como manos cada vez que las recuerdo

Jugando a matar con la ridícula victoria ya dentro del puño y matándome yo por soltarla en un susurro.

Reformo cada libro consumado, colocado de nuevo en una estantería llena donde no cabes.

Maniobro la estrechez de un ‘no’ junto con su sequía,

Desciendo entre escasa dulzura de peldaños desagradecidos,

Deploró entre polvo espacial,

Deshabito la habitación 206,

Deshago las palabras de una prosa práctica de personas que me pesan a las que abro mis alas para dejar impactar sus balas.

Rindiendo homenaje al ahora rendido,

Redirijo versos que se marean en anillos de Saturno al mismo tiempo que yo me desplomo en una playa reflejada por la luna de oro y marfil.

Lo siento, tan lejos no puedo llegar,

Nunca volverás o yo nunca volveré, qué más da cuando los dos ya hemos despegado al despertar.

Una excusa de carteles en una estación que me entrevistan para huir al antes,

 al grave menoscabo, 

al final del atardecer que me ataca entre púrpuras y destellos

hasta que se cree anocheciendo,
Y me estrella contra el cielo.

Desvaneciendo mis acelerados despojos en cama ajena,

reviviendo las desdichadas tragedias que algún día el amor me trajo a cuestas

desintiendo en cada tren un beso de terraza madrileña.

Deshabitada en cualquier estrella,

No me equivoco si digo que preparé los poemas antes que la maleta.

No pretendo que el amor sea un túnel de metro sin salida de emergencia,

Yo siempre tuve tendencia a salir a hurtadillas de la vida de cualquiera

-que dejando de ser cualquiera-

Me abría la puerta del amor sin asomarse a la vida que luego,

Tras él, deja.

Dándome de bruces contra la corrupta que es mi alter ego altruista,

perdiendo el control del número de heridas que dejaron de ser en las rodillas

pero que sangran más,

Me acorralan las nubes rosadas sobre mi cabeza vacías de lluvia,

Llenas de la resaca de mis venas,

Cuerdas desatadas a mis tobillos cuando camino por cualquier acera

Retenida.

El vértigo de mis latidos al dormir en labios lastimeros de otros que lloran por amores perdidos

y me quieren en el intento,

Dejando que sea mi nombre el mejor de cientos

Con el que hundirse hasta que el furor junto al miedo semiabierto haga que se vaya todo a la mierda

Y deje caer talado un adiós en el bosque ya llano de un cuadro 

-que es mi desastre de acuarela-

descolgado.

Improbabilidad de beso.

Aún no he dicho tu nombre en voz alta, lo he paseado por iniciales esbozadas entre mis dibujos inacabados. No son ni las 12, y la lluvia fuera, tras mi ventana. Y la furia dentro, sin reivindicar nada. 

Crece un instante dentro de mi en el que anochece esperando una llamada, grito por el suicidio dulce que no provocó la impaciencia de vivir un mañana. 

Tengo todo y no tengo nada en una misma ciudad. En mi única ciudad. Las gotas de lluvia no acarician los cristales, y esta espera eterna se mantiene estable oyendo la tormenta.

No siento nada que no haya deseado sentir. Solo impotencia. Impaciencia.

Mis huesos me avisan tarde de la probabilidad de lluvia, y mis labios, me avisaron demasiado pronto de la improbabilidad de que los besaras bajo el cielo atardecer sin volver a estar de vuelta a casa.