Primera parte. “He encontrado una parte de ellos”

Buenos días desde este humilde café. Vengo aquí desde hace ya tiempo, pero nunca, en todas las mañanas que he estado por aquí, me había sentido así. Hoy estoy vacío. Ella ya no está. Se ha ido a lo que vulgarmente decimos “un lugar mejor” Hoy, en vez de sentarme en la barra, voy a alejarme un poco más de todos. A empezar a escribir en mi libreta que me regaló ella. Me siento tan solo. Vulnerable. Aquella mesita del fondo me viene perfecta. 

Me acerco, dejo la mochila en la silla de al lado y me siento quitándome la chaqueta al mismo tiempo. La camarera, con un botón de más desabrochado se acerca a hacerme el pedido. “Un café solo, por favor”-Contesto.

Me dispongo a sacar la libretita de la mochila, cuando entonces, levanto sin querer una esquina del mantel cutre que tiene la mesa. Puedo distinguir perfectamente unas letras grabadas. Levanto un poco más el mantel, esta vez adrede. La inscripción sigue, y sigue. Y así ocupando toda la mesa. Miles de letras formando palabras, formando frases y oraciones. Algunas largas, otras con un simple “Hola” y otras con algo un poco más profundo. Algo así como llegando a un “Te quiero”. 

La inspiración me ha llegado como la luz de esta mañana a la jodida cama entrando por las ranuras de la persiana. Voy a comenzar a leer. A leer esas conversaciones, fácilmente hechas por unos enamorados. Luego escribiré en mi libreta, contándoselo todo a Vane. 

He estado toda la mañana leyendo miles de frases. De preguntas, como si estuvieran conociéndose. Dos, dos personas que frecuentaban el bar y la misma mesa. Cada uno a cierta hora del día durante más de veinticinco días. La mesa estaba a rebosar de conversaciones. Párrafos inmensos. Y, por último, números de teléfono.

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-¿A qué has venido aquí? -A encontrarte.

Allí estaba yo otra vez, en la barra. No era un bar frecuentado por muchos, pero todos eran especiales. Digamos, que cada vez que llegaba ahí en los sábado noche, terminaba emborrachándome con desconocidos. Pero esa noche…Oh! Qué dulce noche. No, en realidad no. Una noche como otra cualquiera, con los de siempre, y con nadie al mismo tiempo. Más sola que la una a las dos de la mañana en la barra pidiendo otra copa más. Pero, ¿Cómo explico esto? No sé como decirlo. Eran las casualidades más bonitas de la vida, las coincidencias extrañas del destino, lo que le hace a una persona dejar de ser pragmática. Y es que le vi. Cuánto tiempo sin verle…Que guapo estaba. Como siempre. Hacía años que no sabía de él, y quería saber tanto…Y me pregunto, ¿Cómo y por qué le he podido encontrar a él en un bar de la pequeña Amsterdam? Ni siquiera él vive aquí, que yo recuerde. Pero sé que siempre quiso. Sobretodo conmigo. 

Me giré. Le miré y me miró. No iba a reconocerme, claramente. A ver, no creo que hubiese cambiado tanto aunque hubiesen pasado los años. Ahora solo llevaba el pelo más oscuro, rojizo y mas largo, bastante más. Algún que otro tatuaje y poco más. Pero al parecer, esa “coincidencia” hizo que no me reconociera. Demasiadas coincidencias para tantos reencuentros, supongo. 

Era demasiado tarde, él acababa de empezar a beber. Me miraba, todo el rato. Yo me daba cuenta puesto que su mirada de ojos marrones siempre me había trasmitido seguridad, confianza, algo, algo especial. Decidí irme. Cogí mi mochila, me despedí del amable camarero que me había estado soportando durante toda la noche y salí por la puerta. Eran eso de las cinco de la mañana. Había estado más de tres horas con sus ojos clavados en mi. Alomejor sí se acordaba. 

Recordé todo. Todas las promesas, recuerdos, veranos, y clases de estudios juntos. Lágrimas ligeramente saladas me rozaron suavemente las mejillas. El bao en esa noche de diciembre era mucho más melancólico…Por suerte, pronto amanecería. 

[En el bar aún] 

¿Era ella? Cuanto tiempo…Por fin la he encontrado. Seguramente me recuerde, fuimos todo el uno para el otro.

No dijo nada más. Se dedicó a demostrar acciones en vez de tanta palabrería. Fue tras de mi. Necesitaba hablarme, supongo. Oí sus pasos. Me vio. Gritó mi nombre deseando con todas sus fuerzas no haberse confundido de chica, y yo, como era de esperar, me giré. 

-Necesito hablar contigo. Te he estado buscando. Tenemos mucho de que hablar aún.

-¿Hablar?-Negó con la cabeza, con expresión de deseo. “Y si te beso”, susurró en sus pensamientos.

No fue una pregunta, sino más bien una advertencia.

Sonrió al ver que yo no protestaba, y acercó su boca a la mía. El primer contacto fue solo eso, un contacto. Muy suave. Me relamí y su sonrisa se acentuó.

-¿Más?-Me preguntó. 

Enredé las manos en su pelo, atrayéndolo hacia mí.

-Más.

 

 

Café.

Y sales de tu pequeña jaula. Llevas días encerrada en esa cama… Despeinada, desaliñada, con una camisa suya, arrugada de las sábanas y un aroma o más bien peste a tabaco por toda la casa. La cama está en el suelo, se trata de un colchón con sábanas mal puestas que llevan ahí más de una semana y una sola almohada para compartir. Los ceniceros están por toda la habitación. Se enciende uno mientras se asoma a la ventana dejando que la brisa de otoño le despierte en ese amanecer en Madrid. La luz entra por las cortinas blanquecinas, y ella, con sus ojos imperfectamente maquillados, con a penas restos de ella. Se asoma. Se apoya en el balcón e intenta visualizar algo. Gritos de niños en la calle, familias, parejas felices de la mano marchándose con nata…Los ojos se le van poniendo llorosos a medida que van pasando los minutos. Ese piso de Madrid ha sido su ruina, más bien los recuerdos que habitan en él. Le da una calada al cigarro. Todo le parece suave después de lo vivido. Hasta el wisky más fuerte. Otra calada. Callada, ausente, pasándosele muchas cosas por la cabeza y al mismo tiempo ninguna. Perdida. Encontrada. Y otra más. Se termina el pitI, se agacha y lo aplasta un poco contra el cenicero. Vuelve a dentro con sus piernas descubiertas y andando en eses. Cierra las chirriantes puertas que le llevan al balcón apoyándose en ellas una vez cerradas. Cierra los ojos, los abre, se da media vuelta y se tumba en el colchón. Otra vez la mirada fija. Los ojos llorosos una vez más. Esta vez llora. Desesperada. “¿Por qué? ¿Por qué no me llevó más alto? ¿Por qué es como si todo hubiese sido un sueño? ¿Por qué se va si sabe que estoy aquí y sin él me quedo sin salida? ¿Por qué no se queda muy cerca de mi? Habría sido una dulce madrugada. ¿Por qué no estuviste cuanto más te he necesitado? ¿Por qué no viviste el resto de tu vida conmigo? ¿Quien tuvo que escribir el destino y decir que tú tenías que desaparecer así sin más? ¿Por qué tuvieron que terminar con tu vida? ¿Por qué y quién pudo hacerlo? ¿A qué se debe? ¿En qué se basa todo?¿Drogas? ¿Cuentas sin pagar? Nada es suficiente para arrebatarte la vida. No. A ti no. “Miles de preguntas y sin respuesta alguna. ¿Por qué no puedo seguir sin ti? Con pocas fuerzas retira su fotografía lejos de su alcance. Lágrimas vuelven a brotar. Y un café en la encimera que nunca terminaste.

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