¿Qué queda cuando no queda magia? Parte 2.

La fiesta acababa de comenzar, al menos para mí. Miles de mujeres hermosas, con sus vestidos cortos y escotes provocativos se insinuaban. Sólo veía a ver cuál de ellas realmente destacaba de entre la multitud. Cuál, a parte de llevar un pelo perfecto, una cara anaranjada, unos tacones de infarto, (que sigo sin saber cómo cojones logran dar un paso con esas agujas de tacón), un vestido ajustado dejando marcar su culo perfectamente redondeado, podría llenarme. A ver si encontraba a alguna que fuese un poco diferente, algo más única. Y entonces se me pasó por la cabeza un vago recuerdo de aquella chica del bar. Mi ex compañera, ex amiga, o lo que fuera. Fuera lo que fuese, ya no lo era. Hacía años que no la veía, concretamente dos. No sé porqué aún la recordaba. Recordaba su sonrisa, su mirada intensa pero dulce, sus ojos marrones, y sus labios. Ay, sus labios. Recordaba el momento en el que hace ya unos tres años le había mordido su labio inferior. Carnoso, rico…me encantaba. Aunque la última vez que la vi, no sonreía. Tampoco me miraba, sólo observaba sus párpados y sus ojos rojos mirando al suelo. Como cuando estás a punto de llorar, ¿me entiendes? 

Había entrado con muchas fuerzas a la fiesta, pero mientras caminaba atravesando el salón, fui reduciendo mi paso. He de reconocer que se me habían quitado las ganas de fiesta, que toda esa panda de guarras no me gustaban ni un pelo, y que sólo me apetecía encontrar al anfitrión de la fiesta, un viejo amigo, para charlar un rato mientras nos tomábamos unas cervezas. 

Pocos minutos le encontré y nos sentamos a hablar. No quería contarle lo que se me había pasado por la cabeza hace un rato, hasta pensé que la había visto entre todas esas chicas, de hecho, paré a una que olía como ella a propósito. Me tomaría por loco u obsesionado, no sé. Además de que Val, llevaba una época de prácticas por Europa, creo que en Italia. Así que era imposible que estuviera rondando por allí. Pero me salió solo decir su nombre en voz alta. Valentina. Y no faltaron ni dos segundos para que él me cortase a mitad del nombre y me dijera:

-Emm. Justo de ella quería hablarte yo. 

Mi expresión quedó completamente sorprendida, tenía miedo de que la hubiese besado, o de que hubieran tenido algo. Ya no sabía qué pensar de todo aquello. Le pregunté con miedo a su respuesta porque no sabía si la quería oír.

-¿Y bien? ¿Qué…quieres contarme de ella?

-El otro día me la encontré por Madrid, iba paseando sola y me detuve a hablar con ella un rato.

-¿Qué? ¿Que está en Madrid? ¿Desde cuándo? -Quise dejar de hacer tantas preguntas por miedo a que pensara que estoy loco por ella o algo así. Que no es cierto, nada cierto, para nada. Faltaría más.

-Alto, alto. Espera. Tanta pregunta no es muy propia de ti.

-Ya…Ya. Será la cerveza, yo que sé. Cuéntame. ¿Y de qué hablásteis?

-Nada, que qué tal le iba todo, que qué tal por Italia…que qué hacía por aquí…

-¿Y bien? ¿Nada más?

-Y. 

-¿Y…?

-Sí, que resulta que yo la mencioné que…había una fiesta…en mi casa, este finde. Ya sabes…

-¿Dónde está? -Dije serio y un tanto nervioso buscándola con la mirada entre la gente. 

-Realmente no sé si ha venido, todavía no la he visto y me dijo que si podía se pasaría para pasar un rato con antiguos amigos y saludar. 

Me empecé a mover hacia todos los lados, buscándola, seguro que sí había ido, o al menos eso quería yo. Pasaron horas hasta que volví a reencontrarme con Damian, mi viejo amigo. 

-Eh tío, llevo buscándote un buen rato, acabo de ver a Val hace cinco minutos, pero ya se iba. Le he dicho que se esperase un momento, que había más gente que quería saludarla y tal, pero no me ha hecho ni caso. Me dijo que terminaba de servirse una copa y que tenía cosas que hacer.

-¿¡Qué!? ¿Y dónde está ahora? -Cogí un poco de impulso para ir corriendo hacia la barra del bar, pero, cuando iba a comenzar apartando a gente, Damian me agarró fuertemente del brazo. 

-Eh, colega, iba acompañada, deberías tener cuidado. Parece ser que más gente le ha echado de menos a parte de ti. 

Mi expresión cambió, pero sentí que quizá ahora más que nunca tenía que buscarla, que pareciera un accidente que nos hubiéramos encontrado, no iba a dejarla ir una vez más. Esta vez no. Seguí apartando a cerdas con vestido, hasta que, entre tanta mirada, tanta rubia, tanta morena, tanta con o sin rastas, pelos cortos y largos…Tíos y tías. Agarré al brazo a una de ellas muy fuerte pensando que al fondo había visto a Val. Pero no fue así, y además le tiré la bebida a la pobre chica esa que la pobre gritó débilmente un “joder, me cago en…”. Aunque estuviera loco por encontrarla, no iba a dejar mis modales de caballero de lado. Y fui a ayudarla. Cuando me giré, mis ojos se encontraron con los suyos, la chica, enfadada aún por el incidente del vaso, fue suavizando la mirada hasta que llegó a mirarme con la misma intensidad con la que había hecho siempre. Y siempre acompañada de dulzura. Val. Era ella. La miré de arriba a abajo, no me podía creer lo mayor que estaba. Estaba mucho más estilizada, el pelo lo tenía más largo, estaba morena, y su rostro desprendía demasiada luminosidad comparándola con la última vez que la había visto. Estaba guapísima. Iba con un vestido rosa claro largo y sedoso, que simulaba la “técnica de los paños mojados” utilizada por primera vez por Fidias, escultor griego. Al ver que era yo quien la intentaba ayudar, su expresión volvió a cambiar, parecía no tener muchas ganas de volver a verme, y aun así, me dejó acompañarla al baño para limpiarse. 

Llegamos al baño, ella no había cruzado palabra en todo el recorrido. Intenté sacarle tema de conversación pero me contestaba borde y cortante. Hasta que ya dentro del baño, al encender el grifo, nos pusimos a hablar casi gritando (algo que nunca había hecho con ella, y eso que la conocía desde hace años) sobre “cómo no tirar cosas a las chicas encima de sus vestidos”. 

-El grifo se ha atascado, no puedo cerrarlo, Val.

-¿Pero qué dices? Oye mira, como sea ésta otra de tus bromitas, vas listo. Porque yo no quería ni encontrarte aquí hoy.

-Pues mira, en primer lugar, no es una broma y se está desbordando todo el agua, y en segundo lugar, qué bien te lo has montado para no encontrarme. Te felicito. 

Callados, pero poniendo fuerza en el grifo con las manos juntas, decidí romper el hielo porque quizá me había pasado con ella demasiado. Fui yo quien no quiso nada con ella, y fui yo el que la hizo llorar en aquel bar. Así que la salpiqué.

Ella, sin dar crédito a lo que había hecho y con el pecho empapado, comenzó a reírse a carcajadas, cosa que hizo que yo esbozara una sonrisa y que poco a poco fuese contagiándome. El caso fue, que terminamos riéndonos a carcajada limpia sentados en el suelo, apoyada ella en mi hombro, empapados y que conseguimos cerrar el grifo. 

-Tengo que irme ya. Me estarán buscando.

-Pero si la fiesta acaba de empezar, Val, no puedes irte.

-Tengo que hacerlo. Además no tenía que haber estado aquí contigo. Que te vaya bien. 

Se levantó del suelo con su vestido ya prácticamente transparente y sus tacones en la mano y, bajando la mirada, me dijo adiós. Otra vez, otro adiós más. Un suspiro. Con ellas siempre han sido momentos así, cortos pero intensos. Sin silencios incómodos. Podía estar tranquilo con ella y ser yo mismo, y eso no lo había vuelto a encontrar con otra. Arrepintiéndome en el acto, me levanté y fui detrás suya. Pero ya no la encontré. 

Al bajar la mirada, juré oír su risa una vez más, y en efecto, era ella. Se iba a lo lejos, un tío la llevaba a casa. Tenía el pelo negro y ojos azules. Fui corriendo hacia el coche pero ella ya estaba dentro, explicándole con alguna escusa seguro, lo que “había pasado”. Decaído, una vez más, me despedí de ella tras el cristal. Ahora, sí que dudaba si la volvería a ver. 

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Unos van y otros vienen.

De eso esta llena la vida:
de encuentros y despedidas.
Unos van y otros vienen
Todos dejan huellas.

Los enncuentros traen alegrías;
las despedidas, tristezas.
Pero a veces las despedidas
son bendiciones disfrazadas.

El encuentro es un hola al presente
La despedida un adiós al pasado;
el poder de un nuevo comienzo
y el poder de aprender a dejar ir.

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¿Qué queda cuando no queda magia?

Una noche más entrando por la puertecilla negra chirriante del bar. Ya adentrada la noche, más bien. Me senté en uno de los pequeños taburetes con un bordado rojizo medio destrozado a esperar. El camarero me atendió, un buen whisky ahora no me estaba viniendo nada mal. Después de varios chupitos seguidos de un poco de Ron a palo seco, me paro a pensar. Una chica al otro lado de la barra me mira. Morena, ojos no muy oscuros, piel ligeramente morena y una bonita media sonrisa. Parece ser que también va sola, y parece ser que estoy describiéndola como si no la conociera. ¿Qué es esto? La estaba esperando, bueno, sin que ella lo supiera, pero necesitaba hablar de rumores nuevos. De su vida, de la mía. Desafiante, me vuelve a mirar, ¿no tiene pensado acercarse a saludar? Tengo que hacer yo todo. Esta es la chica que yo recordaba. Qué bonita está la maldita cuando se cree la más guapa del bar. Me acerco a ella, y tras intercambiar un par de palabras, típicas de dos personas que hace tiempo que no se ven como…¿qué tal te va todo? ¿qué haces por aquí? Ya sabéis. Tras eso, procedí a mis disculpas, pero su expresión cada vez que yo iba soltando una a una las palabras que yo creía adecuadas y que tantas veces había pensado, y recapacitado para que fuesen las correctas, iba cambiando. Ya no sonreía maliciosamente. Y eso no me gustaba, porque con a penas dos frases mal hechas que habíamos intercambiado al principio, había visto que seguía siendo aquella, la chica que me gustó, la chica segura de sí misma en la que pensaba inconscientemente todos los días. Pero de mi boca sólo salían “lo sientos” sin dejar ver lo que estaba sintiendo. Pero…¿qué queda cuando no queda magia? No, esa no es la pregunta, en su mirada podía ver que aún quedaba magia. Porque claro, es que no os la imagináis como lo hago yo. Era perfecta para mí. La destaco. En resumen: Sensual y segura. Prefería tener a una mujer como ella, conservadora y leal, de ideas claras, que supiera lo que quería. Ella no se andaba con rodeos nunca, ni dudaba. No se contradecía jamás, y si lo hacía, era porque estaba a mi lado y quería hacerme de rabiar. No era incoherente. Era fuerte. Independiente. Pero a la vez, se dejaba poseer por mí cuando me veía, era una gran compañera con la que compartir responsabilidades. Le pediría a gritos que se quedase con las promesas que hicimos y me devolviese el amor que siento por ella ahora mismo al mirarla. Esas ganas de protegerla y de querer abrazarla todo el tiempo. Además vestía como a mí me gusta, iba perfecta, sin ser sofisticada al vestir, pero sí presentaba muchísima sensualidad. Además de querer cuidarla, y confiar en ella, despertaba mi deseo. Volví al mundo en el que ella estaba mirándome fijamente con sus ojos sin fondo y postura hierática.

-Bueno, me vas a decir algo, supongo, llevo aquí esperando casi una hora y no hemos hablado desde que discutimos…

-No tengo nada nuevo que hablar contigo.

-Venga, no seas así. Te he pedido perdón y no sé qué más decirte o hacer. He venido hasta aquí. Y…Y no me puedes engañar ni fingir que ahora mismo no sientes absolutamente nada ni piensas nada. Más que nada, porque tú estás siempre pensando, siempre activa. Y lo sé porque te conozco.

-¿Y qué te hace pensar que sigo sintiendo algo?

-Pues…porque lo sé. Lo veo. Y lo siento cada vez que estamos cerca. Porque he recordado cómo nos mirábamos, y cómo me reía yo, y luego respondías tú…cosas que se ven desde lejos cuando uno está pendiente. Pero aquí nadie ha estado pendiente de lo que se sentía de verdad. Ni yo mismo, y aun así, aquí me tienes intentando arreglar otro error cometido en mi vida…y, me acuerdo de cómo me mirabas, que ibas agachando un poco la cabeza como siempre haces, como estás haciendo ahora, con la espalda un poquito encorvada, sentada en la silla, sonriendo de lado pero queriendo de frente. Eso no es fácil, ¿sabes?, querer de frente. A mí no me sale al menos. Pero con el tiempo y muchísimas cañas he ido aprendiendo que desde el silencio, hablando en voz baja, las estrellas lucen menos pero brillan mucho más. Y no entenderás esta parrafada, pero es de Escandar Algeet y me gustaba.

-Me miras como si pudieras salvarme, y no, ya no puedes.

Un silencio abismal les inundó por dentro. En la sala la música seguía sonando, un clásico, por cierto. “Stop crying your heart”, para los lectores, me gustaría que siguiesen imaginándose el resto del nudo con esa canción en mente, y si no saben cuál es, buscarla en internet.

Prosigo.

Las miradas entre ambos ardían, simplemente porque se hacía demasiado raro o más bien extraño, como si se tratase de un experimento y como si uno de los dos no fuese real. Era todo tan subrealista. Lo de poder estar así de juntos con tanta gente, digo. Él le pasó la mano suavemente por el cuello hasta su nuca, ella y su mirada decaída no se levantaban del suelo. Pero ya sentía que no había vuelto a caer. Sentía que, por mucha rabia que le diese, él la estaba sosteniendo. Sencillamente poniendo cinco dedos ásperos rodeando medio cuello, y la otra mano a punto. Estaban tan cerca que sentían el aliento cada vez más cálido el uno del otro. Olía a alcohol, por supuesto. A él ella le importaba, pero ella no quería verlo. O sí, pero no creérselo.  Ella siempre se había sentido como quien ve alejarse algo que quiere una y otra vez. Y no podía permitirse el lujo de ser ahora por fin feliz. No extremadamente. Era demasiado fuerte y orgullosa. Cogió su bolso, se apartó de él, se dio media vuelta dejando un billete de cinco euros en la barra por las consumiciones y, antes de irse le miró. Pensando, que si él por una vez no podría quedarse con las promesas de una vez por todas, y devolverla el amor que ella sentía. Que por una vez ella ganara. Pero el vacío de sus ojos destrozados no llenaron los de él, que también estaban igual. Le miraba siempre como si…pero no, ya no.

La pregunta es…¿qué quedaba cuando queda aún magia?

 

 

 

Sin preámbulos.

Hablaré de la vida. Sentada aquí en el autobús volviendo a casa desde la playa, llevo días queriendo escribir esta entrada, pero en ningún momento me he parado a pensar cómo comenzarla, sólo he estado observando a mi alrededor, a mi familia, a las historias de cada uno. A sus principios y sus finales. A sus tristezas y alegrías. He visto cómo alguna ha conseguido salir hacia delante después de tener un novio, y con él dos hijas y que él la abandonase cuando a penas ellas tenían dos y cuatro años. Después de éste, con otro novio, un borracho inglés, tuvo otra niña; preciosa, rubita, y alegre. Bien, pues se fue a Inglaterra y también las abandonó. No soy quién para juzgar, ya que…Al ser un borracho y llegar a casa todos los días de madrugada discutiendo, quizá se fue para no hacerle daño a la pequeña. Quién sabe. Yo mucho menos. Y, por fin, hablo de que a la tercera va la vencida, y ella conoció a un hombre que le está haciendo feliz, con quien está reconstruyendo su hogar como si una casa de ensueño hippie se tratase. Un hombre que está dispuesto a todo por ella y que cargaría con sus hijas y con lo que fuere…por ella. Alguien que, he jurado oír, bueno, más bien ha llegado a mis oídos que cuando una de las niñas, la más mayor, bajó una noche a su habitación, vio a su madre riéndose como nunca a carcajada limpia con él en la cama. Y ella me dijo con una sonrisa al otro lado que jamás vio a su madre así. Lo que iba diciendo, a la tercera, fue la vencida. Y por fin, sonrió. Qué curiosa la vida, que la hizo fuerte primero y ahora es feliz.
Otra persona, más cercana a mí aún es a quién he podido observar más de cerca estos días. El que aunque no esté a mi lado, está siempre, y del que prefiero no escribir maravillas por miedo a ponerme a llorar. Alguien a quién no le gusta ir buscando el amor, no busca desesperadamente una pareja, le gusta vivir libre, más bien solitario aunque a veces se sienta solo. Pero no quiere estar agarrado por una mujer de éstas de hoy en día insoportables. Ayer, precisamente, hablando de todas las novias que había tenido, (conversación por primera vez que tuve con él) me dijo que no había durado mucho tiempo, que él buscaba lo que buscaba esos años, y se le iluminaron los ojos al decirme que la única persona de la que se había enamorado fue de mi madre. Y, pensando mirando hacia la ventana, después de ponerme pegas con toda y cada una de las mujeres, me dijo:
-Pero bueno…en el fondo, quién sabe. Quizá me vuelva a enamorar, ¿no?
Tras esto hoy me he despedido de él con un beso enorme, para que supiera que no está solo. Que me tiene a mí. Siempre. Aunque no sepa cuándo le volveré a ver. Sólo pido que le sonría la vida, que yo hago lo que puedo por verle sonreír.
Luego, hay otra persona también muy cercana a mí que…Realmente estoy escribiendo ésto para haceros ver la de vueltas que da la vida, y cómo han terminado gente de cuarenta y pico años ahora mismo, es curioso, para mi gusto. Como iba diciendo, esta otra persona, salió con muchísimos hombres cada cual tan diferente. Y cuando comenzó a trabajar se enamoró de uno de sus dos mejores amigos sin saber que el otro estaba enamorado de ella. Ella se casó y tuvo dos hijos, y por circunstancias de la vida, o quién sabe, ese matrimonio no funcionó aunque fueron realmente felices, lo reconozco. Y veinte años después, se volvió a encontrar con su otro mejor amigo, y bueno, ahí surgió la chispa necesaria, seguida de una boda y un hijo más. Qué de vueltas.
Y bueno, ya fuera de experiencias personales, por llamarlo de algún modo, hablaría de todas aquellas parejas qur he estado viendo en la playa, la mayoría no sabía cómo podían seguir juntos, o cómo no se han desesperado. Parecía que tuvieran un pacto. Y no me refiero al casamiento. Hasta que, esta mañana, en una playita pequeña me he sentado a pensar, a recordar, y me he tumbado mirando al cielo. Había restos de estelas de aviones y estaba completamente azul. Y una bola de un juego de palas me había dado en la cadera. Era una pareja de ancianos, el hombre con un tatuaje y barba, y la mujer con el pelo rojizo y con una trenza corta. Estaban jugando, felices, agarrándose de la cintura, tirándose en la arena y mojándose con el agua del mar, helada, por cierto. Y en ese momento, sonreí. Esa relación era la que yo estaba buscando entre tanta pareja aburrida que paseaba sin mediar palabra. Esa relación es la que hace ver que eso es posible. Que hay personas así de felices con el amor de su vida. Que tarde o temprano, llega. Cuando menos te lo esperes o cuando no quieras darte cuenta y pretendas evitar que te has enamorado. Eso hace seguir hacia delante, porque el amor, el amor es vida. Es algo tan irracional,alocado y libre como la vida. El amor te enseña a vivir correctamente. A vivir tu vida al completo. Ya sea amor en la familia, de alguna amante, novios, amigos…El amor esconde cierta filosofía de vida.

Mírame y dispara.

¿Dónde quedó todo? ¿Dónde está el cielo seguro que me prometiste? No te dabas cuenta de que quizá la única cosa que querías, tal vez, ya estaba a tu lado. Y no hacía falta volver a las miradas melancólicas entre los dos por un pasado común. Y ya ni eso, ahora se rehuyen, antes al menos se aguantaban hasta que el fuego ruborizara e hiciese sacar una humilde sonrisa. He jurado oír tu voz, y tu risa a carcajadas mientras paseaba sola por Madrid. De ahí que quiera ir contigo. Poder hablar las cosas lejos de todo y todos. Sin que nadie nos reconociese. Yo quería secarte las lágrimas cuando las cosas no fuesen bien. Realmente, hace un año no me imaginé que mi vida sería ahora mismo así. Me cuesta reconocerlo, pero quizá siga teniendo aún preguntas de porqué te fuiste, aunque tus respuestas fueron clarísimas. Pero quiero que sepas, aunque no venga a cuento, estabas mucho más guapo cuando sonreías por mí. Y mis ojos podrán decirte lo que quieras, y en mis entradas podré hablarte de amor, pero de mi boca no saldrá nada si no sale antes de la tuya. Soy una ingenua por esperar todavía el dichoso “He vuelto a por ti” y bueno, los días como estos en los que sale el sol, parece que hay un rayo de esperanza al final del camino y dudo en si hacerme otro porro o ir a buscarte.

“Y algún día no…

“Y algún día nos cruzaremos en un bar o por la calle. Fingiremos no reconocernos o no vernos, nos apartaremos rápidamente.
Sentiremos vergüenza por lo que ha sido de “Lo nuestro” , por lo que ha quedado. Nada. Solo dos extraños con un pasado común, por el que tanto tiempo se habían dejado engañar.”

Y aún con grietas en todos mis sueños.

Coincidencias.

Era sábado, y no precisamente el mejor de todos. Me había despertado a las nueve de la mañana, algo impensable en mí un día de fin de semana, y mucho menos después de la semana que había pasado. A las diez comenzaba una actuación que hacía mi hermano de siete años. Las ganas de ir no estaban a la orden del día. Cogí unos vaqueros, una sudadera y me peiné lo mínimo. 

Mi objetivo era ir, y a la hora volverme a casa. 

Al llegar, nos sentamos en el pequeño teatro que tienen, cogí asientos en quinta fila porque los demás estaban llenos. Empecé a mirar el teléfono, qué asco. Qué aburrimiento. Eso tardaba en empezar. Me dio un impulso de girarme hacia atrás al mismo tiempo en el que pensaba en mi cabeza “¿Cuándo va a mejorar el dí.. Y antes de terminar la frase en mis pensamientos, le vi. Sus ojos azules se cruzaron con los míos durante una milésima de segundo hasta que me giré sentándome hacia el frente deseando que no me hubiese reconocido. Pero lo había hecho.

Hacía un año y medio mínimo que no le veía, había cambiado. Ahora parecía más mayor, seguía rubio, pero ahora tenía bigote y un poco de barba, como a mí me gusta. Me resguardé en mi abrigo verde sin mirar hacia atrás en ningún momento de lo que duró la obra. Al final, salieron por detrás y cuando se despedían, sí que me giré para saludar a mi hermano ya que estaba todo el rato llamándome con susurros a voces para que le mirase. Por lo que me giré, y esquivando sus ojos azules miré hacia mi hermano. Notaba sus ojos observándome desde esa séptima u octava fila, supongo que esperando a que le saludase, le reconociese o que al menos me cruzara con su mirada. Pero no ocurrió. Volví a girarme y ya nos levantamos para salir del teatro. Salimos por un pasillito estrecho todos, y por la acumulación de gente me quedé atrás, justo por donde iba a salir él. Saqué el móvil con el objetivo claro de ignorarle o algo, no sé. Los nervios me estaban fallando. Pero el intento del móvil no funcionó. Se puso en frente de mí, obstruyendo el paso. Me choqué con él. Sabía que era él. Por su colonia más que nada. 

-Oye, qué pasa contigo, ¿que no saludas, o qué?

Sutilmente levanté mi mirada hacia sus ojos, me estaba sonriendo. Me había reconocido y yo con esas pintas. pensé. 

-Eh, pues claro que te saludo. ¡Hola! . (Medio grité eufóricamente) Su madre, que estaba a su lado, quedó sorprendida por mi grado de estupidez, supongo. Y creo que no le hacía mucha gracia que una chica como yo estuviera hablando con un chico como él. Pero lo cierto, es que habíamos estado hablando años atrás. Habíamos fantaseado muchas cosas, todo a broma, pero bueno. Dicen que las mejores cosas se dicen bromeando. Le sonreí.

-¿Cómo te va todo? Jo, cuánto tiempo.

-Pues sí, Sofi, ya ves. Pues me va todo bastante bien.

-Me alegro un montón. ¿En qué universidad estás? 

-En la Politécnica. 

-Joe, chico listo, eh. 

Se rió hacia sí mismo bajando la mirada, y yo, mirándole, también lo hice. En ese instante su madre le llamó para que se fueran, porque ahora quedaba una parte importante en la que los niños pequeños habían hecho en cada clase un lugar dónde tenían preparadas comidas y tradiciones de los distintos países de Europa. Él, tímidamente, me dijo “Eh…a ver si nos vemos luego” y, sin besos de despedida, se fue. Yo, sin saber qué hacer, me giré hacia el otro lado y también me fui. 

Comencé a ir clase por clase con mi madre a ver las diferentes comidas, artes y música de cada país. Comencé por Italia, luego Bélgica y posteriormente Alemania. Estaba mirando una arquitectura barroca cuando él apareció a mi lado como por arte de magia. 

-Eh, ¿qué estás haciendo aquí? Qué coincidencia. (Su madre volvió a mirarme de arriba a abajo)

-Pues nada, viendo todo esto. ¿Y tú? ¿Por qué miras esa obra con tanto ímpetu? 

-Pues porque estoy estudiando Historia del Arte y el jueves que viene tengo examen, así que estaba mirando a ver si sabría reconocer esta arquitectura. 

-Qué interesante. Y a ver, dime, ¿qué arquitectura es?

-Pues mira, es una arquitectura barroca. (Le expliqué las razones básicas de porqué lo era, y no quise aburrirle más con mis tonterías)

Nos pusimos a dar una vuelta por la clase, hasta llegar a la zona de la comida típica alemana, de toda la comida rica que había allí, ambos fuimos a por el mismo osito de Haribo. El de fresa. Al chocar los dedos, chocaron las sonrisas, cada vez más cerca. Él me cedió el osito y poco después se fue. 

Pensé que no le volvería a ver, bajé y me metí en el baño de abajo, y me quedé mirándome al espejo. 

-Emmm, creo que te has confundido de baño. 

Le miré en el reflejo del espejo. Empecé a reírme a carcajadas con una risa nerviosa. 

-Hostias, ¿este es de tíos? 

-Pues sí. (Empezó a reírse demasiado)

-A mí no me hace gracia, eh. Que es que este como es de niños pequeños tiene lo mismo que los de las chicas. 

Él siguió riéndose y yo, le pregunté dónde estaba el otro baño. Salió conmigo y me señaló el cartelito del baño de “Niñas” 

-Yo te acompañaría, pero, ya sabes. 

Me reí y me metí dentro. Al salir, él ya no estaba. 

Horas después, cansada de visitar tantos lugares, me senté en un banco. Justo, cuando iba a levantarme, apareció. Simplemente me sonrió y vino hacia mí. A penas pudimos hablar puesto que mi madre iba a entrar en otro aula y quise acompañarla, por lo que me dijo “Luego nos vemos y nos despedimos”. Acepté. 

Al final, después de todo, terminé pasando la mañana allí, aún tenía su número de teléfono. Pasó todo el largo día y después de todo, sólo sé, que esa misma noche volví con una rosa roja a casa.