Las manos vacías destruyen.

Los días se escapan desde que sufro

de insomnio sostenido

junto a un paquete de cigarrillos diario.

Tus promesas endebles se olvidan cada vez que te miro,

me miras,

y no me ves.

Aposté mi vida entera por ti

y te di las cuerdas y acordes necesarios

para que me hicieras canción.

Ni los mayores compositores han visto llorar a musas

tanto,

como lo que yo he llorado por ti.

Los días se escapan,

se diluyen entre mis manos nerviosas, impacientes,

cada vez que intentan agarrarte

para que no te vayas

con ella.

Por un momento dejé de lado el juego,

y si te cogí de la mano fue porque me creí capaz

de sostenernos.

A día de hoy,

tengo todo el tiempo del mundo

para no compartirlo contigo.

Y hago lo que me da la gana

con estas manos que ya no son nuestras,

pero siguen haciendo poesía.

A día de hoy,

habito en la ciudad por la que te pierdes

entre enredaderas que rodean ventanas,

donde cualquier momento es bueno para sonreír,

donde hay arte a cada paso que doy

sin ir de tu mano.

Estoy

donde ya no estarás tú;

en muchos lugares, playas, ciudades a la vez.

No es situación sentimental,

es una melancolía constante

llamada enfermedad.

No es situación sentimental,

son tus manos vacías

que me destruyen.

 

 

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No he vuelto, pero me echaba de menos.

Hace una semana follé con tu compañero de piso y amigo. Él sabía que quien me gustaba eras tú.

La noche estaba acabando en aquel bar, y las luces de la poesía comenzaban a desvanecerse. Me dijiste que, aunque tu compañero no estaba en casa, podríamos ir acercándonos nosotros (juntos) y que “ya le esperaríamos allí”.

Al llegar, recorrimos -sin rozarnos y entre risas- el largo pasillo de aquel cuarto piso del centro de Madrid hasta llegar al salón, que hacía esquina con tu habitación. Las barrocas paredes antiguas y blanquecinas quebradas, como nuestros sentimientos desde hacía un par de meses, confundieron ir a la nevera a por una última cerveza con un roce de muñecas seguido de una mirada penetrante.

Los doce años estándares que me llevabas adelantados me eran indiferentes desde el día en que me abrazaste y lloramos juntos bajo las estrellas y varias copas; contigo recordé lo que era que un corazón inerte palpitase de nuevo.

Tras las cervezas, nos sentamos en el sofá, lleno de libros viejos y poesías de autores internacionales. Me enseñaste vídeos de tus últimos recitales y yo los usé como excusa para acercarme un poquito más a ti. Notaba tu respiración al sonreír, y tu voz ronca iluminaba de alegría aquel cuarto. Eran casi las cinco de la mañana y nosotros seguíamos bebiendo, riendo, e intentando no rozarnos por si las chispas.

Tras terminarte la última lata de cerveza, te levantaste de un brinco del sofá y fuiste hacia la estantería donde guardabas tus obras más preciadas de música; bandas sonoras de cine, algún grupo español, algo de reggae e innumerables canciones que sólo había escuchado su nombre porque te seguía los labios que lo pronunciaban con ímpetu y entusiasmo. Tu amigo no vendría hasta pasadas las seis probablemente, aunque ya debería haber llegado.

Señalamos el mismo Cd y nuestras manos ardieron durante una milésima de segundo. Estábamos jugando con fuego, como siempre, y eso nos ponía aún más cachondos. Tras despegar tus ásperos dedos de los míos suaves, te acercaste al equipo de música y una canción cantada en acústico comenzó a sonar. Yo me senté en el sofá y tú comenzaste a bailar. “Ven, baila conmigo” decías. Yo sonreía y te respondía que estaba cansada, que no sabía bailar. Tú, que tampoco sabías, te movías alegremente al ritmo de la música con pasos indecisos que terminaron haciéndome reír. Siempre, desde que me hiciste levantar la mirada tras mis “no puedo más”, había querido compartir un baile contigo. Hubo un día que nos lo propusimos, pero no pudo ser. Seguías insistiendo y, por la ventana del balcón comenzaba a amanecer. Habíamos pasado la noche entre alcohol y hachís y, sin pensármelo dos veces al ver tu mano tendida, me levanté a bailar. La música seguía sonando de fondo y, mientras yo cogía mi lata de cerveza casi vacía, tú subías el volumen. No tardamos más de veinte segundos en agarrarnos de las manos y nos hicimos cornisa para sostenernos por aquellos vaivenes románticos que nos habían marcado. Por primera vez nos sentimos livianos, invencibles, seguros, e incluso llegamos a pensar que bailábamos bien. Porque, claro, nuestros cuerpos se compenetraban y al mismo tiempo, lo hacían con aquellas baladas de saxofones melancólicos.

Los primeros rayos de sol asomaron por la ventana y el salón quedó empapado de la paz que transmiten siempre los amaneceres de verano. Nosotros, seguíamos a lo nuestro, acercándonos, viviendo, disfrutando, amando.

Desde que te conocí supe que serías mi segundo gran amor. Mi vida platónica que ahora estaba en la tierra, mi criptonita y mis ganas de más. Eras inquebrantable, complicado y jodidamente atractivo a mis ojos de niña. Jamás había visto una mirada tan triste como la tuya hasta que sonreías, y.

El resto ya lo sabes.

A las dos y media de la tarde, llegó tu compañero y nos encontró enredados entre las sábanas de tu cama aún dormidos. Permanecíamos desnudos, tranquilos, abrazados. Él sólo fue capaz de mirarnos y decir “qué hija de puta, al final le ha conseguido” y se alegró por nosotros. Nos dejó dormir y se fue a trabajar. Atardecimos con el canto de los niños que jugaban en la plaza y, al despertarnos, nos miramos fijamente pensándonos, diciéndonos: qué cojones me has hecho. He revivido, quiero ir de tu mano, gracias.

Nos sonreímos: “Ojalá no acabe nunca” y quisimos repetirlo.