Todos los gatos que no duermen, son mujeres disfrazadas.

Hoy soy ese felino que protege a las mujeres que no tienen gato,

pero que lo tendrán,

y te persigo caminando a mi ritmo,

en un palpitar constante de un corazón que muere cada mañana

cuando el sol sale.

Soy gato de noche, y de luna y estrellas.

De ventanas abiertas, y tejados donde perderme a contemplarte.

Me mimas entre suspiros

y no hay otra presencia en tu cama que no sea dolor y derrota*

Soy esa gata que se desenvuelve tan invencible como su dueña,

que ronronea los domingos si la acaricias,

y que en una fracción de segundo reclama su independencia para que la acaricien

cuando

y

como

quiera.

Nunca podrás domesticarme: Soy invulnerable. Estoy cansada de recordártelo.

A la velocidad a la que caen mis suspiros cada cambio de estación

le siguen los tuyos.

Mi cabecita se asoma con gesto entre pudor y picardía*

cada noche,

en la que importa más cómo dance para ti,

que el resto de sucesos tras nuestras ventanas.

El amanecer se retira, derrotado,* bajo nuestras sábanas.

Una mujer ha optado por la piadosa decisión de aplicarme una inyección letal

Para que conste, casi no me ha dolido el pecho: tengo seis vidas más

que no voy a dejar que gastes

porque seguiré lamiéndome la herida hasta que cicatrice.

¿Ves? Ya casi no duele(s)

*Carlos Salem en “Mujeres con gato”

Poema a recitar en aleatorio el día 31.

 

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un domingo, y todos los días del año.

Me gusta lo que hago y cómo lo hago. Y me gusta mi personalidad y cómo me estoy formando como persona. No voy a dejar de vivir por el “¿Y qué pasa en un futuro si…?” porque el futuro es incierto. Prefiero el presente. Y vivir, vivir la vida que quiero con las personas a las que quiero. Ser YO. Encontrarme a mí misma y descubrir todo lo que me hace diferente de los demás. Si no os gusta, no lo siento. Tampoco tengo intención de cambiar ni dejar de hacer X cosas. Hay que cortarse el pelo, cambiar de forma de vestir, probar diferentes libros, ver distintas películas, un poco de todo. Hasta que seas capaz de decidir lo que SÍ quieres en tu vida, lo que SÍ te gusta, a lo que NO te importa dedicarle tiempo porque merece la pena y te hace estar contenta, y un largo etcétera. Soy lo suficientemente sensata para abarcar todas mis responsabilidades y placeres/ocios cada semana. Necesito que confiéis en mí y me queráis tal y como soy o como intento ser, porque no voy a dejar de dedicarme a la poesía, a la literatura, y cada vez querré crecer más en ese ámbito. Sigo queriendo ser profesora, hacer voluntariados, me siguen encantando los niños y siempre seré defensora de las personas y la humanidad antes que nada. No intentéis cortarme las alas: No podréis. Soy mayorcita y hago todo pensando en sus posibles consecuencias, pero también en los beneficios o alegrías que me puedan dar a corto plazo. Y sino, dejad que me equivoque, tampoco pasa nada y así se aprende. ¿Tanto os cuesta aceptarlo?
La vida está para vivirla, no para dejar de hacer las cosas que quieres porque sino, terminarás llegando a los 40 o 50 años (si es que llegas, ya que nunca se sabe) y estarás charlando con viejos amigos rememorando cosas que jamás te hiciste por miedo, o personas a las que jamás conociste por el qué dirán. Y te quedaste encasillada en tu burbujita de esfera de cristal.
Conozco personas que son afines a mí a las que veo mil veces más felices que a otras que se decidieron cortar las alas hace tiempo para caer en las formalidades de la sociedad y la vida estándar.
“No estoy rota, no estoy enferma, no es que no quiera jugar” mezclando a Frida con Irene, estoy más viva que nunca y me gusto cada vez más.
Yo os quiero mucho, pero: lo aceptéis o no, no me vais a cambiar. Ni mucho menos.

 

 

La clave del amor es que me sueltes la mano para agarrar la soga: 

Las claves de mi alegría

residen en cogerte de la mano 

y cruzar ciudades, playas y estaciones de tren

Nunca recuerdo cómo nos despedimos la última vez,

pero siempre recuerdo cómo 

te fuiste sin darte la vuelta.

Las claves de mi amor están en un pentagrama y comienzan con 

sol

de los amaneceres en los que dejé de soñar contigo,

comienzan en los sitios donde jamás nos dimos de hostias contra el suelo

y donde los inviernos no llegaban

Nunca olvidaré el asfalto frío de diciembre en Francia,

o las ventanas abiertas del primero en el que residí esperándote 

Siempre tendré en cuenta el fuego,

pero las llamas no volverán a arder

La alegría ya no es ir de tu mano,

la alegría ya no es cruzar ciudades, ni playas, ni estaciones de tren.

Ahora me conformo con cruzar pasos de cebra

agarrada de otras manos que me sostienen y me impiden coger la soga del suelo

Ahora me conformo con cruzarme contigo

y que me roces las manos frías.

Porque tú me las soltarías 

con el sutil movimiento de

dejar que las deslizase por el asfalto de la cuidad 

para lograr conseguir la soga

y colgármela del cuello

Como ese collar que 

jamás quisiste regalarme 

en el que estaba inscrito un “para siempre”. 

Los cruces no volverán a ser los mismos desde que me dejaste cruzar con el semáforo en rojo

y te fuiste en otro tren

que jamás 

Jamás

Fue el mío. 

Porque “x” no vive de “y” y viceversa.

Las despedidas irrefutables, y los gritos de X mordisqueando las piernas de Y.

Las noches interminables, y la incesante forma de acariciar de X -pero también de Y-.

Hay noches en las que Y se despide para no volver, y hay veces en las que no quiere irse. Muchas despedidas de las primeras coinciden porque cuando no quiere irse, X pide amablemente que se vaya. Sin embargo, Y tarde o temprano -más bien temprano- termina volviendo a verse en la misma situación y no quiere dejar de hacerlo. Vuelve a recoger sus cosas, echa una última ojeada para no dejar nada en la habitación de X que pueda ver otra, y sale por la puerta (alegre). Normalmente, sin desayunar. Y se coge un café en el bar de enfrente, muchas veces ha pensado decirles que ya bajará X a pagarlo, y joderle. Otras, por el contrario, sonríe y le es indiferente.

Hay veces que X la desayuna, y no necesita nada más, ni reponer fuerzas. Muchas otras tantas noches, las pasa con X en una habitación cerrada herméticamente de la cual no quiere salir. En esas noches parece que está en París, pero luego X la lleva a recorrer el mundo entero. Pero aun no han salido de la habitación.

Muchas veces, miran el reflejo de sus cuerpos desnudos en el espejo y se meten de nuevo entre las sábanas como si la noche no acabase. Porque para X e Y,

siempre acaba -de empezar-

Tres veces contadas X ha fotografiado a Y hasta que la ha visto sonreír y taparse la cara. A veces se invitan a cenar, se cocinan, se cenan, todo en una noche. X no suele traerla vino francés, pero existen “ocasiones especiales”. Le coloca un cigarrillo en una mano y una copa de vino en la otra y X e Y comienzan la fiesta de nuevo donde lo habían dejado.

A Y no le suelen gustar las despedidas, únicamente cuando equivalen a venidas sin idas, y no son rápidas pero sí sinceras. Hay veces que a Y le gusta despedirse de X en una esquina, en una calle paralela a una principal, en una dislexia de palabras entre cruzadas y manos que no saben dónde abrazar -porque no quieren sólo abrazar-.

Ante todo y por encima de todas, cada noche de cada semana en la que a Y le apetece perderse, suele ir sin rumbo directa hasta su casa, le encanta abrazar sus problemas e inquietudes y le mima si X está malo, o no le mima si no lo está.

El caso es, que cada noche de cualquier día de cualquier semana, Y sólo espera impaciente el momento de estar subiendo en el ascensor particular de X porque sabe con seguridad que siempre le lleva a una nueva ciudad que comparte habitación con las anteriores y que siempre, siempre, se transforma en París.

Y no hay nada como no querer salir de una cama, como sentir que las piernas temblorosas de Y saben antes que la propia Y a dónde quieren ir y la llevan, nada como saber que va directa a la incertidumbre de la libertad buscada-deseada y de esos focos, llenos de mierda de colores y de dudas existenciales que tienen que ver con X porque la magia y el fuego los enciende: X.

La mayoría de mañanas que Y sale de su casa va directa a Sol, aparece en un amanecer frío que le enturbia el sueño, pero sigue sintiendo las caricias de X y se le pasa de largo la realidad. Muchas mañanas, Y no tiene prisa, va paseando por las calles tranquilamente bajo el sol viendo cómo la gente va a trabajar y ella vuelve del trabajo de abrazar-besar a X y demás. Coge el metro sintiéndose liviana pero no frágil y al sentarse chequea su mochila para ver que está todo y que no ha perdido las ganas por el camino.

Y nunca se deja nada en casa de X. La última vez unas medias, pero se arrepintió esa misma noche porque cuando salió de su casa, llovía y la piel se le erizaba. X no estaba para acariciarla hasta dentro de cuatro días.

Y se ha empeñado en no dejar nunca nada para X, quien la colma de regalos a menudo, y la desenvuelve como si fuese uno porque “es su favorita”.

Ella se guarda sus nadas en los bolsillos para sonreír más tarde al desvestirse y le lleva detalles repletos de flores entre las piernas tapados y destapados con faldas y vestidos.

X ha roto la pared -o casi y ojalá- con el cabecero de la cama, ha dejado marcas en las rodillas de Y, y ha soñado más de una vez con la entrepierna y el cuerpo de Y. Pero, en su defensa, Y ha conseguido que X se quede dormido más de cinco horas seguidas y que se ría siete.

Por eso, y por todo lo que Y no puede escribir: No quiere dejar de jugar a desenvolverse con X. Porque X siempre tiene un hueco para jugar con Y por encima del resto de letras del abecedario que siempre terminan. Porque X considera que Y es interminable. Es que Y siempre ha sido conjunción de adición de términos, de suma de placeres, de coexistencia de dos cuerpos. A veces incluso Y se pregunta si coexistirían dos cuerpos desnudos más que ella sola y otro, pero siempre lo deja en el sobre que cierra lamiendo porque algún día tendrá la ocasión de abrirlo. En esos momentos de reflexión, Y está mirando el techo de su cama vacía, o está paseando por Madrid observando a los niños saltando en camas elásticas. A ella siempre se le pasa por la cabeza querer ser uno de ellos, y no salir de la cama -elástica- de X nunca.