Quiero tender esa maldita cuerda.

Sé que no lo entiendes, quizá yo tampoco lo entienda, pero estoy plasmándolo todo en un libro que tiene como título “Sed de Naufragios” y tengo muchos, muchos, y también muchos arañazos. No sé cómo explicar que cada noche de domingo no espero a cerrar la puerta para beber agua. Que me consume la sed. Que estoy sangrando púrpura.

Ya te digo, no espero que lo entiendas, quizá yo tampoco lo esté haciendo. Pero, ahora comprendo, cuando me tumbo en la cama, qué flácidos son mis brazos alzándose a tocar el techo. Qué endebles mis muslos al intentar reincorporarse por cuenta propia. Qué frágil es la belleza que consideré inmortalizar.

Mi corazón por fin descansa cuando empiezan a recorrer mi rostro las lágrimas. Se hunden todos y cada uno de los barcos varados en sus orilla. El dolor, sí, el dolor, termina satisfaciéndose con el llanto. Me dedico a intentar no encerrarme en mi cuarto, tiene tantas tantas verjas. A veces las toqueteo, las analizo, las acaricio buscando un punto frágil, un nuevo inicio que no encuentro. Subyacen de ellas tantos recuerdos…

Otras veces, me dedico a atarles lazos rasos para que revoloteen con el viento cuando éste decida soplar en brisa, pero mis manos los anudan como sogas a los cuellos de los barrotes deseando que se ahoguen con todas las palabras que siempre esperé oír, pero que nunca escuché. Suelo leer varias veces el “eternamente vulnerable” de Anne Sexton, intentando no entenderlo. Rechazándolo. Entonces recuerdo que ella sólo quiso una mano común y corriente, deseosa de tocar algo -lo que fuera- que a su vez, tocara.

Hay veces en las que amanece, y yo sólo veo rayos de luz reflejando pureza tras los árboles. Esas veces, respiro hondo o suspiro. Bajo las escaleras de mi casa aún en pijama, salgo a la calle, y abro el buzón. En todas mis cartas se dice que estoy más muerta que viva. Vuelvo a casa, las tiro contra la mesa del salón y me subo de nuevo a mi habitación. Al igual que Anne, soy la no deseada, el error.

Me meto en la bañera, pongo el agua a correr, dejo que se llene y mientras dura el proceso, añado jabón para cubrirme con su espuma. Me desprendo del pesado equipaje que es mi ropa, cojo una copa de vino y un libro, y pongo en el tocadiscos de la habitación contigua a Edith Piaf. Me voy sumergiendo en mi mar de dudas, y la espuma me acaricia los pies, acto seguido los muslos, el vientre, el pecho, y finalmente el cuerpo entero menos la mano con la que sujeto la copa. Deposito ésta en mi vientre mojado y cierro los ojos. No encuentro el momento de salir.

Mis ganas de salir de casa un domingo son indirectamente proporcionales a todos los planes que he trazado y mi número de amantes es indirectamente proporcional a las ganas que tengo de pasar tiempo con ellos.

Imagino tender una cuerda, quiero tender esa maldita cuerda, colgar los problemas, secarlos al sol.

Quiero, quiero, quiero… Ay, ¿y qué no quiero yo? Si pido más por esta boca mentirosa que una niña caprichosa.

Aún recuerdo mis casas de muñecas. Las hice yo. Ahora tengo las manos vacías de formas de construcción y materiales, sólo deseo acariciarme. Ese es mi único deseo. Lo único que quiero. Y supongo que tendré que hacerlo yo, pues nadie, repito: nadie, vendrá a hacerlo.

Quiero tender esa maldita cuerda, mañana es lunes y voy a volver a poner a secar los problemas, si es que sé cuáles me quedan.

Me voy a tender esa maldita cuerda.

 

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Afirmación de decoro

Las noches van pasando,

 y pasan mis horas de sueño 

Tumbada en suelo ajeno busco tu consuelo.

Un mensaje

Un no-desvelo 

Las noches van pasando frente a mi ventana

Y tu silencio y mis manos llenas de gestos y palabras

Invitan al invierno a quedarse

Las cerillas se consumen en las paredes

Incendian los recuerdos que no se dan 

Pretenden buscar que el olvido no llegue

Y que si llega

Grite desde tu mirada hacia mis labios

Volviendo entre tus pasos

A la entrevista entre mis piernas,

Me está entrando prisa.

Despierta universo, 

yo no sé reivindicar nada que no ame hasta la muerte

Nadie es invencible ni mucho menos indispensable 

y hoy, 

me siento inmortal

Soy todo decoro. 

Escribo y escribo, 

pero nada es cierto.

Hoy vuelvo y te recuerdo.

Sofía no chasquea los dedos. Ella es el corazón y te manda saludos y bien lejos.

¿Sofía? Sofía es la típica tia que va de que no es hija de puta hasta que te deja o te olvida, y entonces, es la mayor hija de puta del mundo porque, oye, te ha pasado. Sí, ¿no te ha pasado a ti también? 

Yo le hablo de relaciones, de que esté solo conmigo. Ella, dubitativa, me dice que eso no es lo suyo. Que no promete nada. Y sonríe, sonríe, y es tan natural y al mismo tiempo tirana. Vacilando como si no fuese con ella más de una noche oscura o más que una cerveza poco turbia. Te habla de amor y se te encienden chiribitas en los ojos, te habla de tristeza y te hundes con ella, te habla de ira e irías a pegarle una hostia a cualquiera. Luego, te coge de la mano y crees que es capaz de llevarte al fin del mundo a cambio de una charlita y una cena. 

Empiezas a sentirte mejor, saca su animal más fiera, y se convierte en fiera en una cama, en sumisa incluso -si le da la gana- pero, no te olvides de que al siguiente sol, ella siempre se marcha.

Y ahí es cuando empiezan tus llamadas, tus insistencias en salas de espera, tu búsqueda tras ella, y ella, ya no te piensa. Puede decirte una noche de borrachera que no se marcha con cualquiera, que te tiene en la punta de la lengua. Y la muy niña discreta y buena, lo que realmente está haciendo es tener preparada una pistola en tu cabeza.

El momento en el que crees que ya es solo tuya, solo vuestra, que la tenéis dominada con cadenas, os dais cuenta -hijos de puta- de que para puta, ella. Y de que lleva y llevaba vuestra vida arrugada en la cartera mucho, mucho antes de que vosotros os dierais cuenta.

Finalmente, la llamáis puta, criada, y traicionera. Tirana a la que estáis sometidos vida y media, bruja de cuento a la que no se puede quemar en la hoguera, maga de Cortázar nada buena, poeta maldita con la soga preparada, el horno de gas o las pastillas y aquellas palabras que os decía. Ay, aquellas palabras… Todo era mentira. La muy hija de puta es llamada Viernes, y más tarde, Domingo si no viene. Capaz de mentirte a los ojos y no estar viéndote, se juega la vida en los amaneceres en los que, a parte de ella, no quedan otros amantes que ella busque chasqueando los dedos, y aparezcan.

Brujita

Bruja de cielo en los labios,

de amantes de verano,

me llevas al infierno de nuevo

tras otro puto portazo.

*******

Fui la bruja de los versos de una ciudad del noroeste,

la de los verbos de principio sin final en los atardeceres,

un reloj resfriado del Spleen de Baudelaire,

unos cuantos años de no evitar naufragios

una primera vida de recuerdos

como si tuviese mil libros o mil años

como si en la costa atlántica cualquier conjuro hiciese salir de nuevo al sol.

********

Golpeaba la fría desnudez de una estatua de mujer en una plaza en pleno mes de enero.

Eres tú, hechicera malvada convirtiendo mis sueños en realidad.

Maldiciendo al irme.

En tierra de brujas fuiste la más querida,

ahora flaca en mi portal te despides sin más que otra huida.

La luna llena te reclama.

Me maldices al irte

de nuevo.

******

Asociando el baile al romance

destinado a brujas y duendes de los bares.

Es posible que con un poco de suerte la bruja que conozcas esta noche,

quiero decir, a mí,

se convierta a la madrugada siguiente en la princesa de tus sueños.

En la tierra de los hechizos que están en mi mano

bajo sobredosis de caricias no vividas que acaban con mi vida

puedo convertir todos tus sueños en realidad.

*****

Me has robado el mes de abril* al doblar aquella esquina

con el pelo iluminado bajo la luz de una luna que otra vez te grita

Bruja con los pies llenos de cristales,

traes la vida a cuestas y a mí me robaste el cielo en los bares.

****

Entre hechizos de brillantes, lograré que olvides el nombre que reclamaste,

el rostro que memorizaste,

el pecho que tocaste.

****

Seguro que ha sido un conjuro o maleficio

deberían llevarla a juicio,

me estoy olvidando de su nombre…

de su rostro…

de su pecho…

*****

Ahora que lo he logrado,

el invierno me ha convertido en olvido para tus labios,

en primavera no seré tu nuevo recuerdo aunque te cruces conmigo en el metro.

Ahora que ha funcionado

ahora que me has olvidado,

tengo que meterme en mi despacho y lograr,

 antes de que muera incinerada en una hoguera,

un conjuro de mierda

para que yo,

también,

te olvide.

 

Je suis votre musée.

Soy la musa tranquila que azotas en la armonía del custodio de esta obra.Las paredes están desnudas y tú vas buscando, 

Encontrando mi lienzo.

Haces florecer mi desierto 

Mi desastre es bienvenido e inmenso 

Flotando en tus ojos al observarme en una galería,

Derritiendo todos los cuadros que tengo a mi alrededor 

Derribando todos los lienzos que no te pertenecen

Te acercas a mí,

 la princesa vestida como escultura romana,

me besas las alas

Y la lástima de creer mis labios de carne y hueso y no de papel y acuarela

de sentido plástico, tratada con fuerza de caricias helenisticas 

Calmada y clara.

Vuelves en el intento

De interiorizar un nuevo invierno 

El sentido de la vergüenza color azul, corpóreo 

Como personaje de cuento,

El blanco de fondo

Y sientes el desprendimiento.

Humanista avispado quien me observa escorzada,

Quien me arropa muda con mi propio marco.

Mi belleza ideal atada a la historia

Será inmortal a tus deseos.

Los monstruos me conciben como rivales,

Un gato a mis pies es infiel al resto de mortales.

Trepas por la desnudez de mi vida subiendo por mis muslos

Me sigues de cerca con tus ojos mudos 

Y creas nudos y desastres

durmiendo a la sombra de mi pecho.

Entonces, apagan todas las luces del Museo.

Es hora de dormir “mi bella tenebrosa”

El mundo se ha quedado a los pies de mi montaña,

hermosa en mi abandono,

tú te marchas.

(II) Nadie escribe a las mujeres buenas.

Y quizá, entonces, el amor cansado,

borracho de tantos besos,

nos de las gracias por el reencuentro.

En tu cama deshauciada,

pidiéndome a gritos que no deje de tener ganas.

Yo, desvelándome cada noche como si fuese por la mañana,

sin dar mayor importancia a lo demás 

que la que tiene el improvisar bajo la luna

o a través de tu ventana,

dejo que me entierres a ciegas.

Cavas una pala en mi tierra,

preparas mi epitafio de mierda;

con cuidado pero impaciencia

aún sin saber,

que soy yo quien -esta noche- 

Resucita,

Tras depositar las primeras flores

que sueltas con pena tras la guerra.

                         ******

No te pido un último grito en esta guerra, ya te encargas tú de que yo grite a tientas.

Este cuerpo nada hueco, te escucha cada mañana

le gusta acariciar tu mano áspera 

y derribar tus muros.

Quizá, siendo tú quien derriba los míos,

pero hay algo que se mueve dentro de ti,

no se parece a mí.

Sobre las mujeres buenas, nadie escribe poemas.

Hay trenes, como el tuyo,

que pasan cada poco tiempo.

Estás tú, a veces vagón vacío, a veces yo pérdida.

Pero entre pared y pared, nos apoyamos.

Y el dolor desaparece en lo que dure el trayecto de tren,

y dejamos paso al placer.

                       ******

Al dejarte en aquella esquina que siempre recuerdo,

te leo de nuevo,

Y sé que un poeta bueno,

Nunca

Jamás

escribe sobre los buenos recuerdos

con una mujer buena,

a la que se quiere

para atar nudos y riendas.

Una mujer buena es olvidada

y se la resucita cuando otra te quita la brisa.

Y es que, je sais que, sobre las mujeres buenas,

Nadie,

Nadie,

Escribe poemas.

(I) Nadie escribe a las mujeres buenas 

Quererte,

Quererte era un paracaídas volviéndose a abrir tras atravesar el suelo.

Te siento dentro de mi cuerpo, me agarras las manos 

Y me ofrezco entera a tus deseos

como una puta que no pide ser pagada con desayunos

ni caricias a las 6 de la mañana.

Aún así,

los obtiene. Los pagos. Los desayunos. Y las caricias.

Quererte tan libremente 

que viva en nosotros el fuego incandescente,

el amor cansado de llamar a la puerta; no llama por pereza.

Te siento.

Te ríes y sonríes entre el dedo y el gatillo antes de apretarlo.

Dudas si hacerlo.

Y entonces, una noche, vienes a desvivirnos

Desvistiéndome

Vienes y sonríes, me desvistes 

Y sonrío.

La guerra de patear las crisis

de querernos en trincheras,

que el tiempo pase y no dejemos de traspasarnos,

que el tiempo se detenga y sea conmigo o con cualquiera. 

Pero que se detenga.